Quedó en silencio el soldado.

—¿Y los judíos querían matar á Mohamed?...

El europeo lo afirmó varias veces, gozándose en las exclamaciones de asombro del crédulo mocetón.

—¡Ah! ¡Mohamed! ¡Querer matarle!

Cansado de contemplar el cadáver de Jesuhá y las gentes que se arrodillaban para besarle los pies, el soldado salió á la calle.

Los turcos tienen un sentido especial para reconocer al judío, aunque se vista á la europea. Lo olfatean, lo adivinan al través de toda clase de disfraces. Á los pocos pasos tropezó con un israelita. Impávido, con su flema de oriental, levantó el puño, y rodó el judío por el suelo con el rostro lleno de sangre. Un puñetazo de osmanlí es terrible. «Fuerte como un turco», dice el proverbio.

Se arremolinó la gente, surgieron en un instante numerosos correligionarios del caído, pues los israelitas están en todas partes para ayudarse, y la policía militar se apoderó del agresor, llevándolo al cuartel entre las vociferaciones y lamentos de la muchedumbre judía.

En el cuarto de banderas, los oficiales se asombraron del suceso. ¡Un buen soldado, que nunca había dado motivo de queja! «¿Por qué has hecho eso?»

El mozo, intimidado en presencia de sus superiores, balbuceó como el que repite una lección:

—Mohamed y Jesuhá iban juntos... Salieron judíos y mataron á Jesuhá... Mohamed huyó porque es fuerte y tiene buenas piernas. ¡Pero si llegan á alcanzarlo!...