—¡Dotor... dotor!—gimió el banderillero, suplicando por saber la verdad.

Y el doctor Ruiz, tras largo silencio, volvió a mover la cabeza.

—¡Se acabó, Sebastián!... Puedes buscarte otro matador.

El Nacional levantó sus ojos a lo alto. ¡Y así acababa un hombre como aquel, sin poder estrechar la mano de los amigos, sin decir una palabra, repentinamente, como un mísero conejo a quien golpean en la nuca!...

La desesperación le hizo salir de la enfermería. ¡Ay, él no podía ver aquello! El no era como Potaje, que permanecía inmóvil y ceñudo a los pies de la cama, contemplando el cadáver como si no lo viese, mientras hacía girar el castoreño entre sus dedos.

Iba a llorar como un niño. Su pecho jadeaba de angustia, mientras los ojos se le hinchaban a impulsos de las lágrimas.

En el patio tuvo que apartarse para dejar paso a los picadores que volvían al redondel.

La terrible nueva comenzaba a circular por la plaza. ¡Gallardo había muerto!... Unos dudaban de la veracidad de la noticia, otros dábanla por cierta; pero ninguno se movía del asiento. Iban a soltar el tercer toro. Aún estaba la corrida en su primera mitad, y no era cosa de renunciar a ella.

Por la puerta del redondel llegaba el rumor de la muchedumbre y el sonido de la música.

El banderillero sintió nacer en su pensamiento un odio feroz por todo lo que le rodeaba, una aversión a su oficio y al público que lo mantenía. Danzaban en su memoria las sonoras palabras con que hacía reír a las gentes, encontrando ahora en ellas una nueva expresión de justicia.