Entonces... el marqués de Moraima, que estaba en un palco, se vio, sin saber cómo, detrás de la barrera, entre los mozos, que corrían con la agitación de la accidentada lidia, y cerca del maestro, que preparaba su muleta con cierta calma, como queriendo retardar el momento de verse frente a frente con un animal de tanto poder. «¡Coronel!», gritó el marqués sacando medio cuerpo fuera de la barrera y golpeando las tablas con las manos.

El animal no se movía, pero levantaba la cabeza con estos gritos, lejanos recuerdos de un país que no volvería a ver. «¡Coronel!» Hasta que, volviendo la cabeza, vio a un hombre que le llamaba desde la barrera, y le acometió en línea recta. Pero en mitad de la carrera refrenó el paso y se aproximó lentamente, hasta tocar con sus cuernos los brazos tendidos hacia él. Llegaba con el pescuezo barnizado de rojo por los hilillos de sangre que se escapaban de los palos hincados en su cuello y los desgarrones de la piel, en los cuales quedaba al descubierto el músculo azul. «¡Coronel! ¡Hijo mío!...» Y el toro, como si comprendiese estas explosiones de ternura, alzaba el hocico, mojando con su baba las patillas del ganadero. «¿Por qué me has traído aquí?», parecían decir sus ojos fieros inyectados de sangre. Y el marqués, sin saber lo que hacía, besó varias veces las narices de la bestia, húmedas por los bufidos rabiosos.

«¡Que no lo maten!», gritó una buena alma en los tendidos; y como si estas palabras reflejaran el pensamiento de todo el público, una explosión de voces conmovió la plaza, al mismo tiempo que millares de pañuelos aleteaban en los tendidos como bandas de palomas. «¡Que no lo maten!» En aquel instante, la muchedumbre, movida por confusa ternura, despreciaba su propia diversión, aborrecía al torero con su traje vistoso y su heroicidad inútil, admiraba el valor de la bestia, y sentíase inferior a ella, reconociendo que, entre tantos miles de racionales, la nobleza y la sensibilidad estaban representadas por el pobre animal.

—Me lo yevé—decía conmovido el marqués—. Le degorví al empresario sus dos mil pesetas. Mi hasienda entera le hubiese dao. Al mes de pastar en la dehesa ya no le quedaban ni señales en el morriyo... Quise que aquel valiente muriese de viejo; pero los buenos no prosperan en este mundo. Un toro marrajo, que no era capaz de mirarlo de frente, lo mató a traisión de una corná.

El marqués y sus compañeros en la crianza de reses pasaban rápidamente de esta ternura con las bestias al orgullo que les infundía su fiereza. Había que ver el desprecio con que hablaban de los enemigos de las corridas, de los que vociferan contra este arte en nombre de la protección a los animales. ¡Disparates de extranjeros! ¡Errores de ignorantes, que sólo distinguen a los animales por los cuernos, y consideran lo mismo a un buey de matadero que a un toro de corrida! El toro español era una fiera: la fiera más valerosa del mundo. Y hacían memoria de los numerosos combates entre toros y temibles felinos, seguidos siempre del triunfo ruidoso de la fiera nacional.

El marqués reía al acordarse de otra de sus bestias. Preparaban en una plaza el combate de un toro con un león y un tigre de cierto domador famoso, y el ganadero envió a Barrabás, animal perverso al que tenía aparte en la dehesa, pues andaba a cornadas con los compañeros y llevaba muertas muchas reses.

—También vi yo eso—decía el de Moraima—. Una gran jaula de jierro en medio del reondel, y Barrabás en ella. Le suertan primero el león, y el mardito animal, aprovechándose de la farta de malicia del toro, sarta sobre su cuarto trasero y empieza a desgarrarlo con las uñas y los dientes. Brincaba Barrabás hecho una furia para despegárselo y tenerlo ante los cuernos, que es donde está la defensa. Por fin, en una de sus regüertas, consiguió echarse por delante al león, enganchándole, y ¡cabayeros!... ¡lo mismo que una pelota! Se lo pasó de pitón a pitón un buen rato, zarandeándolo como un dominguiyo, hasta que al fin, como si lo despreciase, lo arrojó a un lao, y ayí permaneció el que yaman «rey de los animales» hecho un oviyo, quejándose como un gato al que han dao un palo... Le suertan aluego el tigre, y la cosa fue más corta. Apenas asomó la jeta, lo enganchó Barrabás, echándolo por alto, y después de bien zarandeao fue al rincón, como el otro, enroscándose y haciéndose el chiquito... Y aquel Barrabás, que era un guasón de mala sangre, se paseó, hizo sus necesidades sobre las dos fieras, y cuando los domadores las sacaron no tuvieron bastante con una espuerta de serrín, pues el mieo las había hecho sortar too lo que yevaban en el cuerpo.

En los Cuarenta y cinco, estos recuerdos provocaban siempre grandes risas. ¡El toro español!... ¡Fierecitas a él!... Y había en sus gozosas exclamaciones una expresión de orgullo nacional, como si el arrogante valor de la fiera española significase igualmente la superioridad de la tierra y de la raza sobre el resto del mundo.

Cuando Gallardo comenzó a frecuentar la sociedad, un nuevo motivo de conversación interrumpía las interminables discusiones sobre toros y labores del campo.

En los Cuarenta y cinco, lo mismo que en toda Sevilla, se hablaba del Plumitas, un bandido célebre por sus audacias, al que cada día proporcionaban nueva fama los esfuerzos inútiles de los perseguidores. Relataban los periódicos sus genialidades como si fuese un personaje nacional; sufría el gobierno interpelaciones en las Cortes, prometiendo una captura pronta, que jamás llegaba; concentrábase la Guardia civil, movilizándose un verdadero ejército para su persecución, mientras el Plumitas, siempre solo, sin más auxiliares que su carabina y su jaca andariega, deslizábase como un fantasma por entre los que le iban a los alcances, les hacía frente cuando no eran muchos, tendiendo alguno sin vida, y era reverenciado y ayudado por los pobres del campo, tristes siervos de la enorme propiedad, que veían en el bandido un vengador de los hambrientos, un justiciero pronto y cruel, a modo de los antiguos jueces armados de punta en blanco de la caballería andante. Exigía dinero a los ricos, y con gestos de actor que se ve contemplado por inmenso público, socorría de vez en cuando a una pobre vieja, a un jornalero cargado de familia. Estas generosidades eran agrandadas por los comentarios de la muchedumbre rural, que tenía a todas horas el nombre de Plumitas en los labios, pero era ciega y muda cuando preguntaban por él los soldados del orden.