Pasaba de una provincia a otra con la facilidad de un buen conocedor del terreno, y los propietarios de Sevilla y Córdoba contribuían por igual a su sostenimiento. Transcurrían semanas enteras sin que se hablase del bandido, y repentinamente se presentaba en un cortijo o hacía su entrada en un pueblo, despreciando el peligro.

En los Cuarenta y cinco se tenían noticias directas de él, lo mismo que si fuese un matador de toros.

—El Plumitas estuvo anteayer en mi cortijo—decía un rico labrador—. El mayoral le dio treinta duros, y se fue luego de almorzar.

Toleraban pacientemente esta contribución, y no comunicaban las noticias mas que a los amigos. Una denuncia representaba declaraciones y toda clase de molestias. ¿Para qué?... La Guardia civil perseguía inútilmente al bandido, y al enfadarse éste con los denunciantes, los bienes quedaban a merced de su venganza, sin protección alguna.

El marqués hablaba del Plumitas y sus hazañas sin escándalo alguno, sonriendo, como si se tratase de una calamidad natural e inevitable.

—Son probes muchachos que han tenío una desgracia y se van ar campo. Mi padre (que en paz descanse) conoció al famoso José María y almorzó con él dos veces. Yo me he tropezao con muchos de menos fama, pero que anduvieron por ahí haciendo maldades. Son lo mismo que los toros: gente noblota y simple. Sólo acometen cuando los pinchan, creciéndose con el castigo.

El había dado orden en sus cortijos y en todas las chozas de pastores de sus vastos territorios para que entregasen al Plumitas lo que pidiese; y según contaban mayorales y vaqueros, el bandido, con su antiguo respeto de hombre del campo por los amos buenos y generosos, hablaba los mayores elogios de él, ofreciéndose a matar si alguien ofendía al «zeñó marqué» en lo más mínimo. ¡Pobre mozo! Por una miseria, que era lo que solicitaba al presentarse cansado y hambriento, no valía la pena de irritarlo, atrayéndose su venganza.

El ganadero, que galopaba solo por las llanuras donde pacían sus toros, tenía la sospecha de haberse cruzado varias veces con el Plumitas, sin conocerlo. Debía ser alguno de aquellos jinetes de pobre aspecto que encontraba en la soledad del campo, sin ningún pueblo en el horizonte, y que se llevaban la mano al mugriento sombrero, diciendo con respetuosa llaneza:

—Vaya usté con Dió, zeñó marqué.

El de Moraima, al hablar del Plumitas, fijábase algunas veces en Gallardo, el cual, con una vehemencia de neófito, indignábase contra las autoridades porque no sabían proteger la propiedad.