Subían las tropas de Hanníbal como un huracán la pendiente de la brecha, y á su choque conmovíase la masa de defensores: pero ninguno retrocedía; había que morir, firmes en el puesto, teniendo á las espaldas una compacta multitud que obligaba á ser valiente, no dejando espacio para huir.

Así duró el combate algunas horas. Los cadáveres, amontonándose entre los sitiados y los asaltantes, dificultaban el avance de éstos. Comenzaba á ponerse el sol, y Hanníbal se sentía fatigado por la tenaz resistencia, contra la que se estrellaban todos sus esfuerzos. Confiando aún en su buena suerte, hizo sonar las trompas para un último asalto; pero en el mismo instante ocurrió una cosa inaudita, que desconcertó al caudillo, sembrando la confusión en sus tropas.

Acteón no supo realmente de dónde partió la voz. Tal vez fué una alucinación de la fe; la invención de algún entusiasta cansado de permanecer á la defensiva.

—¡Los romanos! —gritó una voz—. ¡Nuestros aliados que llegan!...

La noticia se esparció con la credulidad que da el peligro. Corría de unos á otros la versión de que los vigías de la torre de Hércules acababan de ver una flota navegando hacia el puerto, y nadie preguntaba quién había traído á la brecha la agradable nueva. Todos la aceptaban, añadiéndola por propia cuenta nuevos detalles; y brillaban los ojos de alegría, se coloreaban los rostros, y hasta los heridos que se arrastraban por entre los escombros levantaban los brazos gritando:

—¡Los romanos! ¡Ya vienen los romanos!

De repente, sin orden alguna, por común instinto, como si los empujase una fuerza invisible, se arrojaron fuera de la brecha, escombros abajo, cayendo como una avalancha sobre los sitiadores que se agrupaban para dar el último asalto.

Lo inesperado del choque, la fuerza de la sorpresa, aquel grito: «¡Los romanos! ¡los romanos!», que lanzaban con tanta convicción los saguntinos, sembraron la dispersión en las tribus bárbaras de Hanníbal. Se defendieron; pero toda la ciudad caía sobre ellos; hasta las mujeres y los muchachos combatían como en la mañana que murió Therón; y los soldados de Hanníbal, esparcidos en pequeños grupos, sin ver ni oir á sus jefes, emprendieron la fuga hacia el campamento.

Hanníbal corría, gritando de furor, enloquecido, al ver que los sitiados repelían por segunda vez sus tropas. Tanta era la ceguedad de su cólera, que se introdujo entre los enemigos, y varias veces se vió próximo á caer bajo sus golpes.

Comenzaba á anochecer. Los combatientes saguntinos llegaban ya á las inmediaciones del campamento, mientras la gente menuda de la ciudad se esparcía por el campo, rematando á los heridos é intentando incendiar las máquinas de asedio. Las hubieran destruído todas á no ser por Marbahal, el lugarteniente de Hanníbal, que salió del campamento con algunas cohortes de jinetes. Los sitiados, no pudiendo resistir á la caballería en campo raso, fueron retirándose lentamente. Al cerrar la noche ocupaban de nuevo la brecha, comentando á gritos aquella victoria, que templaba su desaliento por la ausencia de los romanos.