Mientras pugnaba con el duro arco, que parecía rebelarse contra él, silbaban en torno de su cabeza los proyectiles del enemigo. Viéndose impotente, envejecido en un instante por el dolor, contemplando abajo el destrozado cadáver de su hijo y sin poder vengarle, lanzó un gemido, y reuniendo todas las fuerzas de su voluntad, se lanzó fuera de la muralla, cayendo sobre los restos de Eroción. Su cabeza chocó con sordo ruido en las piedras, salió de ella un hilo de sangre, y padre é hijo formaron un grupo inmóvil á corta distancia de los asaltantes, que seguían empujando el ariete y socavando la base de la muralla.
Duró casi todo el día la desigual lucha. Los saguntinos que guardaban esta parte del muro, no lograban evitar los avances del enemigo. Sentían el sordo choque de los picos, la muralla parecía bambolearse bajo sus pies y nada podían hacer para impedir los progresos del sitiador.
Lentamente iban retirándose los defensores. Acteón, triste por la trágica muerte de su compatriota y convencido de que era inútil permanecer allí, les aconsejaba la retirada al interior de la ciudad. Retrocedió con algunos de los suyos, y á los pocos momentos, un torreón carcomido en su base por el ariete, se bamboleó, cayendo al fin al suelo con gran estrépito de escombros, que llenaron de polvo el espacio. Tras él se abatieron dos torreones más y un gran lienzo de muralla, sepultando entre los escombros á los defensores más tenaces, que quisieron permanecer en su puesto hasta el último momento.
Una exclamación formidable, un alarido de salvaje alegría, contestó desde afuera á la caída de los muros. Al través de la abierta brecha vióse desde las calles de la ciudad la campiña desolada y un extremo del campamento. Brillaban las armas en el denso ambiente, enrojecido por el polvo de los escombros; veíase avanzar obscuras masas y resonaba el bramido de los cuernos.
—¡El asalto!... ¡Los cartagineses que entran!...
Y de todos los puntos de la ciudad acudían gentes armadas. Las estrechas calles vecinas á la muralla vomitaban grupos y más grupos que llegaban vociferantes, blandiendo espadas y hachas, con el aspecto resuelto del que ha decidido morir. Escalando los escombros fueron á colocarse de pie en la brecha; y este espacio abierto, ancha herida que rasgaba el cinturón de piedra de la ciudad, quedó cubierto por una muchedumbre abigarrada que blandía sus armas formando una masa sólida é inquebrantable.
Acteón estaba en la primera fila. Cerca de él vió al prudente Alco, que había cambiado su báculo por la espada, y muchos de aquellos tranquilos comerciantes, cuyas caras astutas parecían ennoblecidas por la heroica resolución de morir antes que dejar paso á los enemigos.
Cuando éstos llegaron al asalto tuvieron que chocar con la ciudad entera. De nada les servían la torre de asedio, los arietes y catapultas; la lucha era cuerpo á cuerpo, y los mismos sitiados no empleaban ya la falárica, sino la espada y el hacha.
Hanníbal, á pie, guiaba las falanges, que avanzaban con las picas bajas ó la espada en alto. Peleaba como un soldado, ansioso por acabar aquel sitio que retardaba sus planes; comprendiendo que estaba en el momento decisivo y un esfuerzo supremo podía hacerle dueño de la ciudad. Con palabras entrecortadas hablaba á los soldados en los distintos idiomas de sus tribus, recordando las grandes riquezas de la ciudad, la hermosura de las griegas, el considerable número de esclavos que había dentro de los muros; y los baleares acometían con la cabeza baja, avanzando sus picas de madera con la punta endurecida por el fuego; los celtíberos rugían sus cantos de guerra, golpeándose el pecho como un sonoro tambor y descargando las cortantes espadas de dos filos; y los númidas y mauritanos, descendidos de sus caballos, iban de un lado á otro astutos y recelosos, arrojando sobre los sitiados los dardos de su cinturón, oculto bajo los blancos velos.
Todo en vano. La brecha era una angosta garganta. El ejército cartaginés, á pesar de la superioridad numérica, tenía que estrechar su frente para batirse en tan reducido espacio, y, equilibradas las fuerzas, los saguntinos eran los que llevaban la mejor parte, rechazando á los sitiadores tantas veces como intentaban subir la pendiente de escombros. Hundíanse las espadas en las carnes, produciendo las atroces heridas de las guerras de la antigüedad; rasgábanse los pechos al brutal impulso de las picas; agarrábanse los combatientes, enredando sus brazos como sarmientos, trabándose las piernas, haciendo crujir sus pechos jadeantes como fuelles, y rodaban por el suelo mordiéndose el rostro. Al levantarse algunas veces el vencedor, ostentaba con orgullo entre los dientes, una piltrafa sangrienta.