Los saguntinos, pálidos por el furor y la impotencia, se agitaban en vano para impedir esta destrucción. La torre de asedio, moviéndose en un terreno llano á impulsos de los hombres que se ocultaban tras ella, iba de un sitio á otro sembrando la muerte, y á veces se aproximaba tanto, que los sitiados podían oir las voces de los arqueros que disparaban por sus saeteras. Mientras tanto, continuaba abajo, en la base de los muros, el trabajo lento y obstinado para derribarlos.
Los ciudadanos más entusiastas, bramando de indignación al ver como destruían impunemente sus muros, sacaban el cuerpo para disparar contra los que manejaban el ariete ó los picos; pero apenas quedaban al descubierto, caía sobre ellos un pedrusco ó se desplomaban con el cuerpo atravesado por una flecha. La muralla estaba cubierta de cadáveres. Se arrastraban los heridos, contemplando con mirada turbia el mástil del dardo que les atravesaba el cuerpo.
En vano disparaban los sitiados contra la torre. Las piedras rebotaban sobre sus paredes de troncos con sordo ruido, pero sin causarla quebranto. Aparecía erizada de flechas, moviéndose como un elefante monstruoso, insensible á las heridas, é inútilmente partían contra ella las faláricas rasgando el espacio con su cabellera de humo y chispas, pues no hacían arder las pieles mojadas de que estaba forrada la parte alta de la torre.
Huían los más prudentes de un lugar donde se concentraban los esfuerzos del sitiador y acudían á él los más audaces, sin saber ciertamente cómo repeler al enemigo, pero con la tenaz idea de morir antes de que avanzara un paso.
Mopso, el arquero, era el único que en tan difícil situación causaba daño á los cartagineses. Con el arco tendido avanzaba un instante la cabeza fuera de las almenas y disparaba, consiguiendo introducir sus flechas por las saeteras de la torre, lo que esparcía la muerte entre los soldados que se creían seguros. Eroción estaba á su lado. Al ver á su padre en aquel lugar de peligro, había repelido á Ranto al pie de la escalinata de la muralla, sin hacer caso de sus lágrimas, y empuñando el arco, pretendía imitar á su padre, hostilizando á los de la torre.
Pero menos prudente, con el ardor de la juventud, sacaba casi todo el cuerpo fuera de las almenas, y cuando conseguía introducir una flecha en la torre, reía, completamente al descubierto, insultando á los sitiadores con sus carcajadas de pilluelo audaz.
Una piedra de la catapulta de la torre pasó silbando y chocó con su cabeza, produciendo un chasquido fúnebre. La sangre y las piltrafas salpicaron á los más cercanos, y el muchacho, doblándose como si fuese de trapos, resbaló entre dos almenas, cayendo fuera de las murallas. Las flechas de su carcax se esparcieron en torno del cadáver, con triste vibración de hierro.
—¡Mopso! ¡Mopso! —gritó Acteón, intentando detener al arquero.
Pero el viejo se había lanzado en medio de la muralla, completamente al descubierto, con los ojos vidriosos, trémula la barba gris, imponente de dolor y de furia.
Intentó tender por tres veces su arco para disparar contra la plataforma de la torre donde estaba la catapulta, y por más esfuerzos que hizo, no logró preparar su arma. El dolor, la sorpresa, la desesperación que le producía no poder exterminar de un golpe á todos los enemigos, le arrebataban las fuerzas.