Esta vida de miserias excitábala, haciendo que se distinguiera por su audacia belicosa. Veía de tarde en tarde á su amante, pues Acteón, alma de la defensa, tan pronto estaba en las murallas dirigiendo á los esclavos que las reparaban, como subía á la Acrópolis con Mopso, para examinar en conjunto la situación del enemigo. Quería aprovechar la tregua proporcionada por la herida de Hanníbal para poner á la ciudad en mejores condiciones de defensa; y mientras tanto Sónnica paseaba por la muralla hablando con los jóvenes, prometiendo ricos premios á los que más se distinguiesen, y excitando á todos á hacer una salida sin ejemplo: la ciudad en masa arrojándose fuera de las murallas, aplastando á los enemigos, barriéndolos hasta arrojarlos en el mar.
Iba á todos lados escoltada por Eroción y Ranto. La vida en un estrecho espacio y la comunidad del peligro, la habían hecho aproximarse á los dos muchachos, y éstos seguían á su señora acogiendo con sonrisas de entusiasmo todas sus palabras, aplaudiendo los propósitos belicosos de la rica.
Ranto ya no era pastora. Una tras otra, habían devorado todas sus cabras en la casa de Sónnica, y sin más ocupación que seguir á su señora, cogida siempre de la mano de Eroción, consideraba el sitio como una felicidad, y su deseo era que no terminase nunca. Hasta el ceñudo Mopso, el padre de su amante, los encontraba juntos sin protestar, y muchas veces sonreía al verles tranquilos y felices, paseando por las murallas sin miedo á los sitiadores.
El peligro había hecho más bondadosa á la gente. Los ricos comerciantes se codeaban con los esclavos al disparar el arco detrás de las almenas; veíase á más de una griega opulenta, rasgar su túnica de lino para vendar las heridas á los rudos mercenarios; y Sónnica la rica, que antes despreciaba á las mujeres de la ciudad, hablaba á las esclavas para que formasen una tropa igual á la de aquellas amazonas que seguían á Hanníbal. Ranto, satisfecha de la nueva situación, ciega de felicidad hasta el punto de no ver las angustias y miserias que sufría la población, tiraba de su amante en los momentos de combate, le arrancaba el arco de las manos, y arrastrándolo fuera de las murallas, escondíanse en el hueco de una escalera, al pie del muro, y se acariciaban con nueva voluptuosidad, pareciéndoles más intenso su placer mezclado con el silbido de las flechas y los gritos y exclamaciones de dolor y rabia que sonaban arriba.
La tregua sólo duró veinte días. En el silencio del campamento, resonaban sin cesar los mazos de los carpinteros, y los sitiados veían elevarse poco á poco una gran torre de madera de varios pisos, mucho más alta que las murallas de la ciudad.
Hanníbal se sentía fuerte y ansiaba reanudar el sitio. Con el deseo de que los enemigos le viesen cuanto antes, abandonó su tienda, á pesar de que aún tenía abierta la herida; y montando á caballo salió del campamento para galopar á lo largo de los muros, seguido por sus capitanes.
Los saguntinos sintiéronse deslumbrados al mirarle. Brillaba como una ascua de fuego sobre su negro caballo; el sol le envolvía en un resplandor que cegaba, como si fuese una divinidad. Llevaba la coraza y el casco que las tribus galaicas le habían traído como presente, fabricados con oro puro de sus ríos. El caudillo amaba más las armaduras de bronce, que había paseado al través de las batallas; pero su cabalgada en torno de Sagunto equivalía á una resurrección, y deseaba que los sitiados le contemplasen deslumbrador y majestuoso como un dios.
Con la reaparición de Hanníbal, comenzó de nuevo el asedio, más fuerte que antes. Los saguntinos comprendieron desde el primer momento que los sitiadores habían aprovechado la tregua para aumentar su poder ofensivo. Avanzaron con grandes esfuerzos la enorme torre de madera que acababan de construir. Tenía varios pisos, en los cuales se colocaban los arqueros, disparando por las saeteras abiertas en los troncos. La plataforma superior dominaba de tal modo la muralla, que su catapulta arrojaba sobre las almenas grandes piedras, sembrando la muerte entre los defensores.
Hanníbal multiplicábase, excitado por la tenacidad de los saguntinos, ansiando terminar cuanto antes el sitio.
Era imposible permanecer al descubierto en las murallas. La torre había sido colocada cerca de aquel punto saliente de la ciudad, que Hanníbal consideraba el más flaco. Caían sin cesar dardos y piedras sobre las murallas, y mientras los defensores se refugiaban tras las almenas, no pudiendo sacar el cuerpo, abajo, en la base, trabajaban los arietes al abrigo de la torre, topando contra los muros, deshaciéndolos lentamente; y los africanos, que sobrevivieron á la primera intentona, atacaban ahora con más seguridad los bloques, abriendo poco á poco una brecha.