En Sagunto los más audaces hablaban de hacer una salida, de aprovechar aquel instante de desaliento para caer sobre los enemigos, poniéndolos en fuga. Pero el campo sitiador estaba bien vigilado; el hermano de Hanníbal, con los principales capitanes, velaba para evitar una sorpresa; el ejército estaba tras los baluartes de tierra del campamento como en una ciudad fuerte, y aprovechaba su inacción para realizar nuevas obras, poniéndose á cubierto de un ataque.
Además, la ciudad no estaba menos desalentada por la muerte del sacerdote de Hércules. No podían explicarse los saguntinos cómo el caudillo africano había dado muerte al gigantesco Therón, á los ojos de todo Sagunto, y los más supersticiosos veían en esto una señal celeste, el aviso de que los dioses tutelares de la ciudad comenzaban á abandonarla.
Todos se mostraban con igual firmeza que al principio, resueltos á defenderse; pero había desaparecido la alegría burlona de los primeros días del asedio. Creían husmear la desgracia en torno de ellos y les entristecía el número de enemigos, siempre en aumento. Cada mañana veían crecer el campo sitiador. ¿Cuándo cesarían de llegar los aliados de Hanníbal?
La alegre ciudad griega de los ricos comercios y las pomposas fiestas Panatheas, presentaba el aspecto de las poblaciones sitiadas. La muchedumbre de los campos refugiada en la ciudad, acampaba en calles y plazas, esparciendo un hedor de rebaño enfermo y miserable. En los templos se arrastraban los heridos al pie de las columnas, lanzando gemidos: arriba, en la Acrópolis, humeaba la hoguera día y noche, consumiendo los cadáveres de los que morían en las murallas ó caían en las calles, víctimas de extrañas enfermedades, desarrolladas por el hacinamiento.
Aún abundaban los víveres, pero faltos de frescura; y los ricos, adivinando el porvenir, acaparaban lo que podían, viendo en lontananza los días de escasez. En los barrios pobres mataban los caballos, las bestias de carga, asando sus carnes en las fogatas encendidas en las calles para los fugitivos que carecían de techo.
Lo mismo en las murallas que en la Acrópolis, todos miraban al mar con impaciencia. ¿Cuándo llegarían los auxilios de Roma? ¿Qué hacían los legados enviados por Sagunto á la gran República?...
La impaciencia hacía caer frecuentemente á toda la ciudad en dolorosos engaños. Por las mañanas, los vigías apostados en la Acrópolis sobre la torre de Hércules, daban furiosos golpes en los címbalos de alarma al ver en el horizonte algunas velas. Corría la muchedumbre á la cumbre del monte, siguiendo con mirada ansiosa la marcha de los lienzos blancos ó rojos, sobre la azul superficie del golfo Sucronense. ¡Eran ellos!... ¡los romanos!... ¡las avanzadas de la flota de socorro que navegaban hacia el puerto! Pero tras algunas horas de angustiosa expectativa, llegaba la decepción, al ver que eran naves mercantes de Marsella ó Ampurias que pasaban de largo, ó trirremes enemigas que Hasdrúbal, el hermano de Hanníbal, enviaba desde Cartago-Nova con vituallas para el ejército.
Cada uno de estos desengaños aumentaba la tristeza de los saguntinos. ¡El enemigo siempre creciendo y los aliados sin venir! La ciudad iba á perderse. Únicamente se reanimaba el entusiasmo de los defensores al encontrar en las murallas al viejo Mopso, que por su flechazo certero contra Hanníbal, era el héroe de la ciudad, y al animoso Acteón, que con sus burlas de ateniense, ligero y gracioso ante el peligro, sabía comunicarles nuevos ánimos.
Sónnica también aparecía entre ellos en los sitios de combate. Recorría las murallas cuando silbaban las flechas, y los ciudadanos pobres admirábanse del valor de la opulenta griega, despreciando los golpes del enemigo.
El amor á Acteón y el odio á los sitiadores, la hacían ser audaz. Mostrábase furiosa contra los cartagineses. Desde lo alto de la Acrópolis había visto una tarde cómo salían llamas de la techumbre de su quinta, cómo se derrumbaba la roja torre del palomar, cómo eran abatidos los hermosos bosques que rodeaban su casa, quedando todo convertido en un montón de escombros y troncos carbonizados, y ansiaba vengarse, no de la riqueza perdida, sino de la destrucción del retiro misterioso de sus amores, de la suntuosa vivienda llena de recuerdos. Además, sentíase nerviosa y en insufrible molestia en esta nueva vida, dentro de una ciudad sitiada, teniendo que comer viandas groseras y dormir en una habitación de su almacén, entre las riquezas amontonadas con el desorden de la fuga, confundida casi con sus esclavas y privándose del baño, pues en la ciudad no había más agua que la de las cisternas, y los magistrados la distribuían con gran parsimonia, preveyendo una próxima escasez.