De repente el caudillo repelió á los que le sostenían, y cojeando dolorosamente anduvo hacia un bulto blanco y ensangrentado que se destacaba sobre la tierra roja, como un harapo informe. Se inclinó sobre él, y los númidas que le rodeaban vieron llorar al terrible Hanníbal por primera y última vez, uniendo su boca á la destrozada cabeza de la amazona Asbyte, besando aquel rostro amado, en torno de cuyas facciones aplastadas y sangrientas, comenzaba á revolotear un enjambre de fúnebres moscas.


VII

Las murallas de Sagunto

La herida de Hanníbal proporcionó á la ciudad algunos días de calma. Los sitiadores permanecían en su campamento, inactivos, mirando Sagunto desde lejos. Salían los honderos por las mañanas para ejercitar sus brazos disparando contra la muralla; pero aparte de esto y de los flechazos con que les contestaban desde la ciudad, no se cruzaban otras hostilidades entre sitiados y sitiadores.

Los pelotones de caballería recorrían el agro forrajeando, y la turba inmensa de tribus feroces acababa su obra de destrucción, saqueando las villas y casas de campo. Se aclaraban los grupos de árboles: cada día derribaban nuevos troncos para llevar leña al campamento, y en los espacios descubiertos ya no se veían tejados y torres. Sólo ruinas humeantes y ennegrecidas aparecían aquí y allá, sobre los abandonados campos. Un mosaico á flor de tierra era muchas veces el único vestigio de una quinta elegante, arrasada hasta los cimientos por los invasores.

Los sitiados veían engrosar rápidamente el ejército de Hanníbal. Todos los días llegaban nuevas tribus. Parecía que la Iberia entera, subyugada por el prestigio de Hanníbal, iba á acampar en torno de Sagunto, enardecida por la fama de sus riquezas. Llegaban á pie ó á caballo; sucios, feroces, cubiertos de pieles ó vestidos de esparto, con el escudo de media luna y la espada corta de dos filos, ansiosos de pelear y trayendo consigo vistosos presentes para el africano, cuya gloria les deslumbraba.

Los saguntinos que habían comerciado con las tribus del interior, reconocían desde las murallas á los recién llegados. Venían de muy lejos; los había de ellos que habían marchado más de un mes para llegar á Sagunto; y señalaban á los lusitanos, de figura atlética, de los que se relataban horrorosas ferocidades; á los galaicos, que vivían de la pesca ó de fundir el oro de sus ríos; á los astures, que fabricaban el hierro, y á los vascos sombríos, cuya lengua no podían aprender los otros pueblos. Y mezclados con ellos llegaban nuevas tribus de la Bética, que se habían retrasado en acudir al llamamiento del cartaginés; infantes ágiles de piel aceitunada, con la cabellera esparcida sobre la espalda, vestidos con cortos faldellines blancos y ancha franja de púrpura y empuñando grandes escudos redondos que les servían de sostén para pasar los torrentes. El campamento que se extendía á lo largo del río, acabó esparciéndose por el inmenso valle, formando grupos de tiendas y chozas, hasta perderse de vista. Era una verdadera ciudad, más grande que Sagunto, que avanzaba y avanzaba como si fuera á tragarse sus murallas.

Al día siguiente de la victoriosa salida de los saguntinos notaron éstos gran movimiento en el campo sitiador. Eran las honras fúnebres de la reina de las amazonas. Vieron cómo el cadáver de Asbyte era paseado por las guerreras, llevándolo en alto sobre un escudo: después, en el centro del campamento, se elevó la columna de humo de la enorme pira que consumió sus restos.

Los sitiados adivinaban el estado de ánimo de los enemigos. Hanníbal estaba tendido en su lecho, y el ejército parecía anonadado por el dolor del héroe. Los hechiceros del campamento entraban y salían en la tienda examinando la herida, y buscaban después en los montes cercanos hierbas misteriosas para confeccionar milagrosos emplastos.