Una nube de flechas comenzó á clavarse en el suelo en torno de Hanníbal.

El caudillo se despojó del casco, dejando suelta la cabellera de gruesos rizos; agarró la cabeza de Therón por su ensangrentada melena, y poniendo un pie con ademán de vencedor sobre el cuerpo del sacerdote, la enseñó á los que ocupaban las murallas.

Estaba magnífico con la espada en la diestra, avanzando el otro brazo, que sostenía la cabeza del gigante. Relampagueaban de orgullo y fría cólera sobre la obscura tez sus ojos, brillantes como los discos de metal que pendían de sus orejas.

Los sitiados le reconocieron, y un grito de sorpresa y de rabia corrió á lo largo de la muralla.

—¡Hanníbal!... ¡Es Hanníbal!

Aún permaneció inmóvil algunos instantes, como la estatua de la victoria, desafiando con soberbia á los enemigos, sin hacer caso de la nube de proyectiles que zumbaba en torno de él, hasta que de pronto soltó la cabeza de Therón y cayó de rodillas, abandonando su espada.

Mopso el arquero acababa de atravesarle una pierna de un flechazo.

Todos vieron desde las murallas cómo en un arranque de dolorosa rabia se arrancaba el mástil de la flecha, haciéndolo añicos y arrojándolo lejos. Luego ya no vieron más. Una gran parte del ejército sitiador corrió á él para cubrirlo, y sus honderos y arqueros comenzaron á disparar contra la muralla.

Acteón, fatigado por la salida reciente, contemplaba oculto tras una almena lo que ocurría en torno de Hanníbal, sin prestar atención á los proyectiles de los honderos que, enfurecidos por la herida del caudillo, enviaban una tempestad de piedras contra los muros.

Vió cómo se alejaba Hanníbal, sostenido por dos capitanes cartagineses de dorada coraza y custodiado por una muchedumbre.