Volvióse el sacerdote y vió un guerrero que, cubierto el rostro con el escudo y la espada de punta, avanzaba con agilidad asombrosa, trazando círculos en torno de él, como un tigre que ataca á un elefante y busca con su movilidad hacer presa en un punto flaco. Había terminado la batalla: los saguntinos se replegaban sobre la ciudad. Los jinetes sitiadores cargaban cerca de las murallas, dejando solos á los dos combatientes en aquella parte del campo. Algunos soldados se aproximaban con lentitud para detenerse á alguna distancia, intimidados por el terror supersticioso que inspiraba el gigante.

Therón no se inmutó al verse solo. ¡Hanníbal! ¡Era Hanníbal aquel guerrero que iba á luchar con él completamente solo!... ¡Este encuentro singular, á la vista de toda la ciudad asomada á las murallas, parecía preparado por su dios! ¡Iba á librar á Sagunto de su principal enemigo!... Hércules le proporcionaba esta gloria; y sonriendo satisfecho, levantó la maza, marchando en línea recta contra el africano.

Éste le eludía retrocediendo, saltando de lado con agilidad felina, evitando el encuentro, hasta que al fin, cansado el sacerdote y deseando acabar antes que llegaran nuevos combatientes, se afirmó sobre sus piernas de coloso y arrojó la maza contra Hanníbal. El enorme tronco rasgó el aire, al mismo tiempo que Hanníbal, viéndolo venir sobre él, saltaba de lado. Todavía alcanzó su escudo, produciendo con el choque un estrépito atronador, y fué á caer lejos, levantando una nube de polvo. El africano, con la violencia del golpe dobló las rodillas, pero se repuso, y arrojando su escudo roto corrió con la espada levantada contra Therón.

El sacerdote de Hércules, al verse desarmado, tuvo un momento de debilidad, sintió miedo, creyóse en presencia de un ser superior contra el que nada podían sus fuerzas, y volviendo la espalda á Hanníbal, huyó hacia Sagunto. Desde las murallas le llamaban á gritos viéndole en peligro. Algunos armaban los arcos para detener con sus flechas á Hanníbal; pero no osaban disparar por miedo á herir á Therón. Respiraban angustiosamente los saguntinos al ver huir á su Hércules, perseguido por aquel guerrero que le acosaba cerrándole el paso para que no llegase á la ciudad.

El gigante pesado y musculoso corría difícilmente por el campo cubierto de cadáveres y despojos del combate. Tropezó en un escudo, sus rodillas se doblaron, y volvió á levantarse; pero esta vez completamente desnudo. La piel de león había caído de sus hombros, quedando entre los despojos de la batalla.

Su perseguidor le alcanzaba. Sintió en sus espaldas el frío del hierro hundiéndose entre los músculos, y no queriendo morir perseguido como un esclavo á la vista de toda la ciudad, volvióse rápidamente, extendiendo sus brazos como columnas para ahogar entre ellos al enemigo.

Pero Hanníbal, antes de que cayeran en torno de él aquellas dos moles magullándolo, hundió su espada varias veces en el costado del coloso, y Therón se desplomó, llevándose las manos á las heridas para contemplar su sangre, de un rojo obscuro.

Miró sin cólera á Hanníbal, con una expresión infantil de dolor, y luego fijó sus ojos turbios por la muerte en la alta Acrópolis, sobre cuyas techumbres se reflejaba el sol.

—¡Padre Hércules! —murmuró con amargura—. ¿Por qué abandonas á los tuyos?...

Su cabeza enorme, al caer en el suelo, levantó una nube de polvo. Hanníbal se inclinó sobre ella, y con su espada comenzó á cortar el robusto cuello, teniendo que dar muchos golpes para partir la maraña de tendones como cuerdas y de músculos resistentes, en los que el hierro parecía embotarse.