Hanníbal, al través de las cabezas de los que le rodeaban, vió pasar como un rayo luminoso á Asbyte, completamente sola. La luz del sol, quebrándose en su casco, la rodeaba de un nimbo de oro. Su instinto de amante la había hecho adivinar dónde estaba Hanníbal cercado de enemigos, y corría allí para darle auxilio.

Lo que después pasó fué rápido, instantáneo; apenas si Hanníbal pudo verlo entre el polvo de la carga, con la vaguedad apresurada de un ensueño.

La amazona, con la lanza baja, se dirigió al galope contra el sacerdote de Hércules, que en el reflujo de aquel combate desordenado, cuerpo á cuerpo, había quedado solo en un gran espacio de terreno.

—¡Ohóoo!... —gritaba la amazona, excitando el caballo con su exclamación de guerra.

Y doblando las piernas contra los hijares de la bestia, elevábase sobre sus lomos para herir mejor al gigante.

El caballo, asustado al ver la espantosa cabeza de león sobre la testa del coloso, se encabritó relinchando, y en el mismo momento cayó sobre sus ojos la enorme maza, produciendo igual chasquido que si se quebrara una robusta ánfora.

Rodó el caballo sobre las patas traseras con la cabeza rota, manando sangre por los ojos, y la amazona, despedida de sus lomos, cayó de rodillas á algunos pasos de distancia, cubriéndose con el escudo. Si podía resistir un momento se salvaba. Hanníbal, olvidado de los suyos que se agitaban en la confusión del combate, corría en su auxilio. Del campamento salían grandes grupos de jinetes para apoyar á las audaces amazonas, y la masa de los sitiados retrocedía en desorden hacia la ciudad.

Púsose en pie Asbyte y avanzó un paso, levantando la lanza para herir al gigante; pero en el mismo momento, la enorme maza, blandida con dos manos, cayó sobre ella como un muro que se desploma. Resonó quejumbrosamente el escudo de bronce al quebrarse, cayó en pedazos el casco de oro, y Asbyte se dobló en el suelo con la túnica cubierta de sangre, como una ave blanca que plegase sus alas.

Therón, á pesar de su ferocidad, quedó inmóvil, apoyado en su maza, sin ver lo que pasaba á su alrededor, como arrepentido del horrible destrozo que su fuerza había causado en aquella mujer hermosa.

—¡Á mí, Therón! ¡Defiéndete, carnicero de Hércules!... Mátame si puedes: soy Hanníbal.