El gigante Therón avanzaba aislado, como si él solo fuese una falange. La piel de león y su enorme estatura atraían las miradas de todos: su maza subía y bajaba, acosando los grupos fugitivos y abriendo en ellos grandes claros.

—¡Es Hércules! —gritaban con terror supersticioso los sitiadores—. ¡El dios de Sagunto que viene contra nosotros!

Y la presencia del gigante aceleraba aún más la dispersión que los golpes de los saguntinos.

Hanníbal intentaba avanzar, hacer frente; pero en vano rugía, blandiendo su espada. Estaba preso en el torrente de la fuga; le empujaban sus propios soldados, ciegos por el contagio del terror; le pisaban los talones ó le golpeaban la espalda con sus cabezas bajas por la velocidad de la carrera, y tenía que hacer grandes esfuerzos para no verse derribado y pisoteado. Un momento más y los sitiados, después de destruir todas las obras de asedio, entraban en el campamento.

El caudillo rugía maldiciones y amenazas contra su hermano y Marbahal, que no acudían con las reservas á sostener el torrente de la derrota. Vió que apresuradamente salían tropas del campamento, pero á pie y sin orden, con la precipitación que produce un suceso inesperado, ajustándose muchos de ellos las correas de sus corazas, confundidos con los de otros pueblos y sin sus jefes, que en vano hacían sonar los cuernos para ordenar las huestes.

Los saguntinos, con el impulso ciego de la victoria, chocaron con este refuerzo y casi lo arrollaron en el primer encuentro. Hanníbal, que había conseguido reunir un grupo de soldados más animosos, hacía frente á los saguntinos.

—¡Á mí! ¡Á mí! —gritaba á los que llegaban del campamento, y en su turbación no sabían dónde acudir.

Pero sus gritos atraían al mismo tiempo á los enemigos. Therón, como si le guiase su dios, se dirigió contra Hanníbal, y pronto su maza comenzó á caer sobre los escudos del grupo cartaginés. Se arrojaba con un coraje frío contra los enemigos, quebrando sus lanzas con un revés de la maza; hiriéndose con las espadas, que parecían embotarse en sus músculos poderosos, y chorreando sangre por debajo de su piel de león, feroz y magnífico, como una divinidad. No levantaba el nudoso tronco sin que cayera un enemigo á sus pies.

Comenzaban á retroceder otra vez los sitiadores ante el empuje de los saguntinos; Hanníbal se veía arrastrado de nuevo por los suyos, aterrados por la furia del gigante que parecía invulnerable, cuando algo inesperado cambió la faz del combate.

Tembló la tierra bajo un desenfrenado galope semejante al tableteo de un trueno, y encorvadas sobre las crines de sus caballos, al aire las cabelleras ondeantes bajo los cascos y arremolinadas las blancas túnicas en torno de las piernas desnudas, cayeron contra los enemigos las amazonas de Asbyte, con la impetuosidad de un huracán. Gritaban tremolando sus lanzas, llamándose unas á otras para cargar sobre los grupos más compactos, y los enemigos retrocedían asombrados ante aquellas mujeres que por primera vez veían de cerca y que tenían á su favor la fuerza de la sorpresa.