Avanzaban los manteletes, verdaderas murallas de madera, por cuyos intersticios disparaban los arqueros. Al abrigo de estos movibles baluartes, iban adelantando los africanos armados de picos, mientras que por otros lados del valle corrían los celtíberos, llevando al frente sus escalas.

Las murallas se cubrieron en un instante de defensores. Por encima de las almenas asomaban brazos nervudos arrojando dardos, culebreaban las hondas disparando piedras, y se combaban los arcos despidiendo agudos silbidos.

Hanníbal, para animar á los asaltantes, marchaba detrás de los quinientos africanos, riendo de los proyectiles de toda clase que chocaban con la madera de los manteletes. Varias noches, arrastrándose, y á riesgo de caer prisionero, había llegado hasta el pie de aquel muro que cubría la parte del valle y era el más fuerte de la ciudad. La base estaba formada de grandes piedras unidas con barro. Convencido el caudillo de que era difícil escalar los muros, quería abrir brecha por los cimientos, derrumbando la rojiza muralla, ante la que se había estrellado su ejército.

Al llegar cerca de ella, los africanos abandonaron el abrigo de los manteletes, arrojándose con furor contra la barrera de enormes piedras. Desnudos, negruzcos, vociferantes, subiendo y bajando sus brazos musculosos, al final de los cuales brillaba el hierro del pico, parecían espíritus infernales enviados por los dioses kabiros de Cartago para la destrucción de la ciudad. Encarnizados y tenaces en su tarea de destrucción, rugían y trabajaban, insensibles á los golpes que venían de arriba.

Los sitiados, enfurecidos por tanta audacia, despreciaban á los honderos baleares y á los arqueros, que desde lejos disparaban sobre las almenas; y sacando el cuerpo fuera, arrojaban á los africanos dardos y pedruscos, que cayendo verticalmente, nunca dejaban de producir víctimas. Rodaban los africanos con la cabeza partida ó las espaldas aplastadas; rompíanse los brazos y las piernas como cañas bajo el peso de los pedruscos, y más de un asaltante quedaba con el vientre clavado al suelo por un dardo que le atravesaba los riñones. Por encima de los cuerpos palpitantes, de las carnes magulladas, de la sangre que se amalgamaba con el barro de los muros, nuevos asaltantes cogían el pico de manos de un moribundo y emprendían contra la muralla la obra de destrucción, golpeándola furiosamente como si fuese un enemigo en pie; confundiéndose los africanos, los celtíberos, los galos, hombres de todos colores y razas, jurando cada cual en su idioma con espumarajos de rabia y sintiendo cernerse la muerte sobre sus espaldas á cada instante, entre el estrépito de aullidos y lamentos, de piedras que caían y de faláricas que incendiaban las ropas y se agarraban á la carne desnuda, haciendo arder á los hombres, que, retorciéndose de dolor, corrían hacia el río como antorchas animadas.

¡Ya se movía un bloque del muro! ¡Ya rodaba fuera de su álveo! Lo más importante era sacar el primero; tras de aquel saldrían los otros. Los asaltantes prorrumpieron en exclamaciones de salvaje alegría; oían la voz de Hanníbal animándolos; pero antes de levantar la cabeza para descansar un momento, un rugido inmenso se elevó entre ellos. Llovía; pero eran gotas ardientes, infernales, que penetraban en los cuerpos como interminables cuchillos. Arriba, entre las almenas, humeaba una hoguera. Era que los comerciantes derretían los grandes lingotes de plata de sus almacenes, enviando el metal fundido como una lluvia de muerte sobre los que osaban destruir los muros de la ciudad.

Los asaltantes retrocedieron rugiendo de rabia, y fueron á refugiarse detrás de los manteletes. Hanníbal levantaba su espada, queriendo con sus golpes hacerles volver al trabajo. Pero en vano se esforzaba hablando de la victoria y de la necesidad de destruir el muro. Sus soldados retrocedían de espaldas, mirando con respeto al caudillo, que parecía invulnerable, pero quejándose del atroz tormento de las quemaduras. Algunos se revolcaban en el suelo, con los labios cubiertos de espuma, pataleando de dolor.

De pronto, pareció que la ciudad estallaba, arrojando lejos de sí á todos sus habitantes. Á lo lejos veíase huir á los celtíberos, arrojando sus escalas. La ciudad salía en masa contra los sitiadores. Las puertas eran pequeñas para dar paso á la muchedumbre armada que se arremolinaba en ellas, extendiéndose después como un torrente que corre encajonado entre montañas y de pronto se esparce en la llanura. Muchos impacientes se descolgaban de las almenas para caer más pronto sobre el enemigo.

En un momento quedó cubierto por los saguntinos que atacaban y los sitiadores que huían, todo el espacio entre las murallas y el campamento. Hanníbal se sintió arrastrado por la fuga de sus soldados. Ardían los manteletes, y una muchedumbre de mujeres y niños empuñando antorchas, rodeaba las torres de asedio, incendiando sus paredes de junco.

Los saguntinos, formados en masas, avanzaban, barriendo á los sitiadores, que huían á la desbandada. Ante su movible frente de picas y brazos levantados con anchas espadas, sólo se veían hombres fugitivos que arrojaban las armas y caían alcanzados por los dardos y las lanzas.