Se alejó apoyada en su lanza, por entre las filas de tiendas, seguida del negro caballo, que husmeaba la huella de sus plantas como bestia apasionada.
Comenzaba el día. Extinguíanse las hogueras, y en torno de las últimas llamas veíanse hombres que se levantaban del suelo estirando sus miembros entumecidos y sacudiendo los pedazos de tela en que estaban envueltos. Relinchaban los caballos tirando de las cuerdas, y los soldados los dejaban en libertad, conduciéndolos al río para abrevarlos y limpiarlos.
Por todos los caminos llegaban al campamento grandes carretas cargadas de víveres y forraje, y con el chirrido de sus ejes confundíanse las canciones de los soldados que, al levantarse alegres, recordaban el lejano país, cantando en la lengua natal.
Era una confusión de voces y de gritos; cada pueblo ocupaba un lugar distinto; se saludaban con aullidos regocijados de una nación á otra. Sobre el campamento, elevábase un vaho de carne desnuda y sudorosa, de guisos raros hirviendo en las marmitas, y resonaban los grandes mazos de los carpinteros componiendo los artefactos de asedio, que á las pocas horas habían de disparar piedras y dardos contra las murallas. Algunos guerreros de flotante manto, jinetes en briosos caballos, corrían entre la ciudad y el campamento mirando las murallas de Sagunto, en cuyas almenas, enrojecidas por los primeros rayos del sol, comenzaban á rebullir los defensores. Hanníbal, á pie, con la cabeza descubierta, contemplaba también la ciudad desde fuera del campamento, sentado en un trozo de muro, último resto de una quinta arrasada por los sitiadores.
Estaba resuelto á dar el asalto tan pronto como su ejército hubiese terminado los preparativos matinales. Quinientos africanos armados con picos se formaban en las afueras del campamento. Iban á acometer aquel punto de la ciudad que avanzaba su muralla en un terreno llano y despejado, que permitía llegar hasta su base sin obstáculo alguno. En otros sitios del campamento se agolpaban los infantes celtíberos con largas escalas para intentar el asalto por distintos lados á la vez. Avanzaban las máquinas de guerra; las catapultas, con el robusto balancín oprimido por tirantes cuerdas, pronto á disparar los pedruscos depositados en la cavidad de su largo brazo; los arietes, que al ser arrastrados, temblaban pendientes de sus cadenas. Las torres de asedio, ligeras, de paredes de juncos entrelazados, marchaban sobre discos macizos, coronadas por los escudos de los sitiadores, que se ocultaban tras ellos para disparar los dardos.
Hanníbal corrió á su tienda, pasando por entre los jinetes, que limpiaban sus caballos y sus armas con lentitud, convencidos de que no habían de tomar parte en el asalto hasta el último momento. El caudillo se armó á la ligera. Vistióse una corta loriga de escamas de bronce, se cubrió con el casco, tomó un escudo, y al salir de la tienda encontró á Marbahal y á su hermano Magón, encargados de las reservas que quedaban en el campamento.
—Llevas las piernas descubiertas —dijo el hermano—. ¿No te las cubres con las grebas?
—No —contestó animoso el caudillo—. Vamos á un asalto, y para trepar por los escombros, hay que tener los pies ligeros. Los dardos me respetarán como siempre.
Al salir del campamento creyó ver entre dos tiendas á la reina de las amazonas, que le seguía con ojos tristes. Pero Asbyte, al cruzar su mirada con la de Hanníbal, se alejó, tornándole la espalda con altivez.
Sonaron las trompas y el campamento pareció moverse, marchando contra la ciudad.