Hanníbal se encogió de hombros con desprecio.
—Amo la victoria, el éxito. El laurel que los héroes griegos se ceñían en el triunfo tiene para mí un perfume más penetrante que las rosas de los poetas. Cesa, Asbyte, en tus lamentos: sé guerrera y olvida que eres mujer; te amaré más, serás mi hermano de armas. ¿Á qué pensar en aquellas noches de amor, cuando estaba yo caído en la desgracia y carecía de soldados, ahora que toda Iberia viene á mí y comienzo á ver realizados mis ensueños de dominación? Contempla ese campamento donde se hablan infinitas lenguas y cada uno viste diverso traje. Las tribus llegan como los riachuelos que engrosan el torrente. Cada día se presentan nuevos guerreros. ¿Cuántos son?... Nadie lo sabe. Marbahal decía ayer que eran ciento veinte mil; yo creo que pronto serán ciento ochenta mil. Les arrastra la ciega confianza en Hanníbal; presienten que conmigo se marcha á la victoria; tal vez sus dioses les han dicho que esto no es más que el principio de una serie de hazañas que asombrarán al mundo. Admírate, Asbyte. Esas gentes han pasado su vida guerreando entre sí; se odiaban, y sin embargo, la espada de Hanníbal es un cayado, que les guía como un rebaño común. ¿Y quieres, después de este prodigio, que pierda mi tiempo amándote, que permanezca en mi tienda tendido á tus pies, con la cabeza sobre tus rodillas, oyéndote cantar las soñolientas canciones del oasis?... No, ¡rayo de Baal! La ciudad está enfrente de nosotros, burlándose del ejército más grande que jamás se reunió en los campos de Iberia, y es preciso acabar. Es preciso que la tienda de lienzo aplaste á la torre de piedra. Afila bien tu lanza, hija de Hiarbas; prepara tu fiel caballo, amada mía. Sopla en torno de mí ese aliento misterioso que siempre percibo en vísperas de la victoria. Hoy mismo entraremos en Sagunto.
Y miraba á lo lejos como si sintiera impaciencia, aguardando la llegada del día. Brillaba la luna con menos intensidad; oscurecíase el cielo tomando su azul un tono más denso, y por la parte del mar marcábase una ancha faja de claridad violácea.
—Pronto amanecerá —continuó el africano—; esta noche, Asbyte, dormirás en el lecho de marfil de alguna rica griega, y tendrás á tus pies los ancianos de la ciudad para que te sirvan como esclavos.
—No, Hanníbal. No terminará para mí el día que ahora empieza. Veo aún la sombra de Hiarbas, tal como se me apareció antes del primer canto del gallo. ¡Moriré, Hanníbal!
—¡Morir!... ¿Y eres tú quien lo crees? Para que el enemigo llegue hasta tí, es preciso que pase sobre Hanníbal. Eres mi hermano de armas. Yo estaré á tu lado.
—Aun así moriré. Mi padre no puede engañarme.
—¿Tienes miedo?... ¿Tiemblas, hija del garamanta?... ¡Al fin, mujer! Quédate en tu tienda: no te aproximes á los muros. Iré á buscarte, cuando llegue el momento de que entres en la ciudad como señora.
Asbyte irguió su gallarda figura cual si acabase de recibir un latigazo. Sus grandes ojos brillaban con cólera.
—Te dejo, Hanníbal. Comienza á amanecer. Prepáralo todo para el asalto, y ya me encontrarás cuando tus tropas den la señal. Al saber que voy á morir, sólo quería pedirte un beso, el último... No, no te acerques. Ahora no lo deseo: me haría daño. Si caigo y puedes encontrarme entre los cadáveres, ya sabes cual ha sido mi último pensamiento.