—Te amaría si fuese un hombre capaz de perder mi tiempo en tales dulzuras. ¿Pero cuándo has visto que el águila pase toda su vida en el nido acariciando á la hembra, sin sentir el anhelo de remontarse para caer sobre el enemigo? Los que tienen garras no pueden acariciar, y yo nací para hacer presa del mundo ó que el mundo me aplaste... ¡Amar! ¡Dulce ocupación, lo reconozco! En mi pasada existencia, llena de sangre y de luchas, el único oasis de felicidad fueron aquellos días de Cartago-Nova, en los cuales creí que la propia Thanit, con toda su belleza de diosa, se dignaba descender hasta mis brazos. Pero aquello se acabó: Hanníbal tiene otros amores que le atraen y le dominan; ama su espada, ama todo lo que posee el enemigo, y no puede dormir con tranquilidad pensando en Roma, á la que ansía estrujar entre sus brazos... ¡Cuán lejos está!...

La amazona hizo un gesto de desesperación ante el apasionamiento con que el caudillo hablaba de sus ambiciones.

—Podías quejarte —continuó Hanníbal— si vieses que mi pensamiento estaba ocupado por la imagen de otra mujer. ¿Á quién he amado sino á tí? Para atraerme á estos bárbaros que me siguen, para ligarles por el parentesco á mis empresas, hice mi esposa á la hija de un reyezuelo ibero. Y bien, ¿dónde está? ¿me sigue acaso como tú? Permanece en Cartago-Nova, hilando sus lanas de colores, y apenas si me acuerdo de ella, pues ni por un momento me conmovieron sus gracias de virgen bárbara. Yo sólo te amo á tí. Hanníbal sólo pudo caer trémulo de pasión entre unos brazos como los tuyos, endurecidos por el manejo de la lanza. Pero sé digna de él: no pienses como las otras mujeres: no busques nuevos enternecimientos: únete á mí para que los dos pensemos en poseer y odiar; en hacer el mundo nuestro.

Y como exaltado por sus propias palabras, el africano, con los ojos brillantes, se aproximó á Asbyte, acariciándola los brazos, mientras la soplaba junto al rostro sus palabras de entusiasmo.

—Yo quiero ser el señor del mundo: quiero que sobre la tierra sólo exista Cartago, porque Cartago es mi patria. Si hubiese nacido romano sería Roma la señora. Quiero con mi nombre borrar el recuerdo de Alejandro el Macedonio; ser más grande que él, conquistar mayores territorios, y sueño empresas menos fáciles que dominar los pueblos asiáticos, ablandados por la molicie del sol y las riquezas. Roma es dura, es más fuerte que nuestra república de mercaderes, roída por la avaricia y los placeres; sus manos están endurecidas por la esteva y la lanza... ¡pues contra Roma voy!... ¡Alejandro! ¡Cuán débil es su gloria! Es fácil marchar á la conquista del mundo cuando se es hijo de Filipo, que deja por herencia un ejército aguerrido en cien victorias; cuando se tiene un reino obediente á la espalda y hasta en la niñez se goza la suerte de recibir las lecciones de Aristóteles. Lo difícil es ser Hanníbal, viéndose abandonado de la patria, sin otros recursos que los que yo puedo buscarme; teniendo que hacer frente al mismo tiempo á la furia de los enemigos y á la traición y las intrigas de los compatriotas; criado lejos de mi padre, entre mercaderes astutos que, conservándome como en rehenes, querían evitarse futuros peligros, torciendo mis instintos belicosos; sin otra cultura que un poco de griego que me enseñó Sosilón el espartano. Y á pesar de esto, Hanníbal riñe con la fatalidad y la vence. Si Alejandro admira por sus conquistas en el país del sol, algún día se asombrará el mundo viéndome dominar á la naturaleza, después de aplastar á los hombres, atravesando las más altas nieves y cambiando de sitio montañas enteras para seguir mi camino. Mírame bien, Asbyte, y te convencerás de que es tan inútil querer despertar en mi corazón sentimientos humanos como ablandar el pecho del enorme Moloch de bronce que tenemos en Cartago. Hace un momento, en la soledad de mi tienda, me sentía débil y desconfiado; pero hablando contigo renace mi fuerza. Mírame bien: estás en presencia del que no teme á los hombres ni á los dioses.

—¡Los dioses! —exclamó con cierto temor Asbyte—. ¿No temes que te castiguen?...

Una carcajada ruidosa, sarcástica, de inmenso desprecio, contestó á la amazona.

—¡Los dioses! —gritó Hanníbal—. Vivo entre guerreros de todos los pueblos. Cada uno adora sus dioses, y conozco tantos, ¡tantos! que no creo en ninguno y me burlo de todos ellos. En Cartago adoraba á Moloch; aquí me has visto muchas veces dedicar sacrificios á las divinidades iberas, para atraerme á los pueblos. Si algún día entro como vencedor en esa ciudad donde vive continuamente mi pensamiento, el populacho me aclamará, viéndome subir al Capitolio para dar gracias á sus dioses... Yo sólo creo en la fuerza y la astucia; sólo tengo un dios tutelar, la guerra, que agiganta los hombres dándoles la omnipotencia de la divinidad. Si al ser señor de toda la tierra no encontrara con quien reñir, moriría, creyendo que el mundo estaba vacío.

La amazona bajaba la cabeza con expresión triste.

—Comprendo que nunca serás mío, Hanníbal. Amas la guerra sobre todas las cosas y serás fiel á ella mientras vivas. Eres una ave de presa; te basta el amor momentáneo de la esclava, te sacia la mujer llorosa y herida que cae en poder de tus soldados al entrar al asalto por la brecha. Nunca comprenderás el amor con sus dulzuras.