—Los míos amaron siempre á los tuyos —continuó la amazona—. Si mi padre Hiarbas soportó la dominación de Cartago, fué porque al frente de ella estaba Hamílcar, un africano, un númida como nosotros. Yo odio tanto como tú á los mercaderes de Cartago, antiguos fenicios que se amontonaron y reprodujeron como gusanos en el peñón de Arad, para venir después á apoderarse por el mar de nuestro hermoso suelo de África. Odio la nave grabada en muchas de vuestras monedas y templos, porque es el signo de los avarientos que vinieron á explotarnos; y adoro el corcel cartaginés, el caballo númida, como un signo de nuestro pasado.
Después habló del encanto que había ejercido sobre ella desde lejos la gloria de los Barcas. Amó á Hanníbal sin conocerlo, influída por los relatos de hazañas que llegaban hasta ella. Le veía luchando como un leoncillo al lado de su padre, entre las manadas de toros con los cuernos inflamados y de los carros ardiendo que los iberos arrojaban contra el invasor cartaginés; le contemplaba loco de furor ante el cadáver de Hamílcar, y después languideciendo de inacción al lado del hermoso Hasdrúbal, conciliador y pacífico; hasta el momento en que, asesinado éste por el puñal de un galo, aclamaba todo el ejército al joven jefe.
Acababa de morir su padre Hiarbas, y ella era reina de sus tribus cuando supo que Hanníbal, ansioso de gloria y de luchas, estaba aislado en la fortaleza de Cartago-Nova, sin otras tropas que las últimas reliquias del ejército que Hamílcar había llevado á Iberia. Los ricos de Cartago, enemigos de los Barcas, no se atrevían por miedo al populacho á despojar al hijo de Hamílcar de la jefatura que le daban sus soldados; confirmábanla con su silencio, pero le dejaban aislado, sin recurso alguno, entregado á sus propias fuerzas para que los indígenas acabasen con él, ó cuando más consiguiera sostener en las costas de Iberia un pequeño estado, en cuyo seno se extinguiría lentamente la ambición de los Barcas.
—Entonces volé hacia tí —continuó Asbyte—. Deseaba conocer al hombre y salvar al héroe. Entregué una gran parte de mis riquezas á los mercaderes de Cartago para que me prestasen sus naves; inflamé el entusiasmo de los más belicosos de mis tribus para que me siguieran; hasta sus hijas que, imitándome, iban á la caza del león y galopaban todo el día, empuñaron la lanza, sintiéndose arrastradas á mi loca aventura; y una tarde, cuando tal vez llorabas considerando muertas tus ilusiones de gloria, viste desde lo alto de la ciudadela de Cartago-Nova toda una flota que llegaba del África. ¿Te acuerdas?... Dí: ¿te acuerdas de cómo me recibiste?
—Sí, y jamás lo olvidaré —dijo Hanníbal con dulzura—. Aquellos días son mi mejor recuerdo.
—Me recibiste como si fuese una divinidad, como si Astaroth, que alumbra nuestras noches, hubiese descendido del cielo para darte su protección. Olvidaste á mis guerreros para verme sólo á mí, y despreciando por el momento tus ambiciones, pasamos las noches tendidos en la terraza de la ciudadela, y las estrellas fueron testigos de nuestros interminables abrazos. Pero ¡ay! aquella felicidad fué como esas rosas de Egipto que sólo duran un día en los búcaros de las ricas de Cartago. Pronto volvió á tí el orgullo de la dominación, el afán del caudillo. Admirabas, más que mi belleza, la apostura de mis númidas, cuando por las tardes, fuera de los muros, asombraban á tus viejos guerreros, arrojando dardos, de rodillas sobre sus caballos, que corrían levantando el polvo con el vientre. Salimos á pelear con los Olcades, los Vaceos, todas esas tribus iberas que ayer te combatían y hoy te siguen: guerreé tras de tí como un soldado y me consideraba feliz cuando en las largas marchas, imitando á nuestros caballos que juntaban amorosamente sus cabezas, te inclinabas hacia mí, chocando tu casco con el mío para besarme... Después ni esto. ¿Qué soy yo? Un guerrero más en tu campamento; un amigo digno de gratitud que te trajo su auxilio al verte abandonado de Cartago, sin otra fuerza que un puñado de veteranos y algunos elefantes. En los combates, si me ves en peligro, vuelas á defenderme; pero después, en el campamento, en las marchas, algunas palabras de amistad, una fría sonrisa como á cualquiera de tus capitanes. Tu corazón se ha cerrado para mí. ¿Es que ya no soy Asbyte, la que conociste en Cartago-Nova? ¿No me amas al verme afeada y endurecida por la guerra? Dímelo, y volveré á ser mujer, me llenaré de joyas, abandonaré mis amazonas para rodearme de esclavas griegas; me cubriré de ungüentos que devuelvan á mi piel su primitiva frescura, y te seguiré en tus marchas, tendida en una litera con cortinas de púrpura.
—No —se apresuró á decir Hanníbal con entusiasmo—. Te amo tal como eres. La amada de Hanníbal sólo puede ser una amazona como tú, que has hecho rodar bajo tu corcel muchos guerreros.
—¡Entonces!... ¿por qué me huyes? ¿por qué me abandonas, olvidando las dulzuras de nuestro primer encuentro? Mira ese ruiseñor que hace poco querías matar: en medio de un campamento, frente á una ciudad sitiada, canta y canta llamando á su hembra, sin importarle los horrores de la guerra, sin percibir el hedor de sangre que sale de los campos. Seamos como él: hagamos la guerra, pero amándonos, y paseemos al través de las batallas nuestros cuerpos fundidos por el amor.
—No, Asbyte —dijo el africano con acento sombrío—. Esa felicidad es imposible: te amo, pero no podemos comprendernos. Tú te quejas de que sólo veo en tí una amazona cuando eres una mujer: tú en cambio sólo ves en mí un hombre, y yo soy más que un hombre. No soy el semidiós que tú imaginas; soy algo más: una formidable máquina de guerra, sin corazón ni misericordia, creada para aplastar á los hombres y los pueblos que se opongan á su paso.
Y Hanníbal decía esto con convicción, golpeándose el duro pecho, irguiendo su figura con sombría majestad al afirmar su potencia destructora.