—¡Asbyte! ¡Asbyte! —murmuró Hanníbal, moviendo las manos para rechazarla, como si le molestasen tales recuerdos.

—No te enojes, Hanníbal, óyeme. Necesito hablarte: dame al menos el consuelo de verte de cerca, de decirte lo que siento. Si no, ¿á qué he venido á Iberia uniendo mi suerte á la tuya?

El caudillo miraba en torno, como si le molestase que alguien pudiera escuchar su conversación con la amazona.

—No temas —dijo Asbyte adivinando su pensamiento—. Magón tu hermano duerme lejos de aquí con Marbahal, el capitán predilecto. Mis númidas están en el otro extremo del campamento. Tú te rodeas únicamente de iberos para excitar su fidelidad con tal prueba de confianza, y éstos no entienden el fenicio.

Hanníbal, convencido por la observación de Asbyte, bajó la cabeza y cruzó los brazos, resignándose á escucharla.

—Eres huraño y duro como un dios —suspiró la amazona—. Quien te ama siente para siempre el fuego de Moloch en las entrañas, sin que te dignes apagarlo con una mirada de bondad, con una sonrisa. Eres de bronce; tus ojos miran eternamente á lo alto y no puedes ver á los que se arrastran para llegar hasta tí. Crees haberme hecho feliz porque me llevas de combate en combate, de conquista en conquista, y consideras que mi dicha consiste en tener encallecidas por la lanza mis manos, que antes se adornaban con sortijas; endurecidas por las carrilleras del casco mis mejillas, que en otros tiempos se cubrían con ungüentos costosos, traídos de Egipto por mis caravanas. Soy ruda y feroz como un hombre. Poseyendo allá lejos jardines, en los que vive una primavera eterna, he sufrido hambre y sed á tu lado. No sé ya quién soy; dudo de mi sexo, viendo afeado mi cuerpo por la fatiga: la piel, sobre la que se deslizaban las manos de mis esclavas como si fuese un espejo, es dura como la del cocodrilo. Si no parezco horrible como el tropel de hembras envejecidas que siguen á tus soldados, es porque aún vive en mí la juventud. Y todo esto, ¿por quién? Por tí, que no me miras, que has olvidado nuestro primer encuentro, que sólo ves en Asbyte un buen amigo, un aliado apreciable que llegó hasta tí trayendo un buen golpe de combatientes. ¡Hanníbal! ¡Rayo de Baal! Eres grande como un semidiós, pero no conoces á los seres humanos. Tú sólo ves en mí una amazona, una virgen guerrera como las que cantaron los poetas de Grecia... y yo soy una mujer.

Calló Asbyte algunos momentos, contemplando con tristeza al silencioso Hanníbal.

—Has olvidado sin duda cómo nos conocimos —añadió melancólicamente, después de una larga pausa—. Vivía feliz en mis oasis, hasta que corrí hacia tí, como si emanase de tu persona un hechizo irresistible. Era la hija del garamanta Hiarbas. Cansada de las dulzuras de mi casa, del canto de mis esclavas y de los esplendores que arrojaban á mis pies los mercaderes de las caravanas, iba con Hiarbas á cazar el león en el desierto, y los guerreros asombrábanse viendo cómo temblaban, obedientes y tímidos, los más salvajes potros, al sentirme sobre sus lomos. Era fuerte, era hermosa; apenas salida de la niñez, los caudillos más fieros de la Numidia venían á pedir hospitalidad á mi padre para verme de cerca, y hablaban de sus rebaños y de sus guerreros, proponiendo una alianza á Hiarbas. Y yo, indiferente, fría, con el pensamiento puesto en Cartago, donde había estado una vez acompañando á mi padre para ajustar el tributo con los ricos del Senado. ¡Ah, la ciudad grandiosa, la ciudad inmensa, con sus templos como pueblos y sus dioses gigantes!

Y desviando el curso de sus ideas, hablaba con entusiasmo de Cartago, como si al través de los viajes y las aventuras belicosas se conservase fresca en ella la impresión de la gran ciudad. Recordaba las viviendas de los ricos cartagineses, con los muros polícromos rematados por esferas brillantes de metal y de vidrio; los grandes templos de mármol, con sus bosques misteriosos, en los cuales resonaban las liras y los címbalos de los sacerdotes; el templo de Thanit, rodeado de rosales, escondrijos perfumados que servían de albergue á la prostitución sagrada en honor de la diosa; y después el puerto, el inmenso puerto, con todo un pueblo de naves que arrojaban á borbotones en la ciudad las riquezas del mundo entero; el estaño de la Bretaña, el cobre de Italia, la plata de Iberia, el oro de Ofir, el incienso de Saba, el ámbar de los mares del Norte, la púrpura de Tiro, el ébano y el marfil de Etiopía, las especias y perlas de la India y las telas brillantes de los pueblos del Asia misteriosos y sin nombre, que permanecían en el último confín del mundo envueltos en la vaguedad de la leyenda.

Ella adoraba la ciudad, más aún que por sus esplendores, porque en ella estaban los partidarios de los Barcas, los sostenedores de la familia heroica, de cuyas hazañas hablaban por la noche á la luz de la luna los guerreros númidas, y de la que era vástago glorioso aquel Hanníbal todavía niño que hacía sonar su nombre en las guerras de Iberia.