—¡Morir! —exclamó Hanníbal riendo—. ¿Quién piensa en morir?
—¿Soy acaso inmortal? ¿No combato como cualquiera de tus soldados? Me arrojo con ímpetu sobre los bosques de lanzas; las flechas silban en torno de mí como si arrastrase un manto de invisibles pájaros; desprecio las faláricas con sus cabelleras de fuego... pero algún día moriré: los sueños me lo anuncian.
Asbyte, como si temiera mostrar demasiada melancolía ante Hanníbal, añadió animosamente:
—Venga la muerte cuando quiera. No me asusta como á los mercaderes de Cartago que te odian. Si turbó mi sueño es porque al despertar pensé en tí. No puedo explicarme por qué causa pensé que tú también podías morir; y ante tu muerte, Hanníbal, no me resigno. Tú debes vivir tanto como un dios. Recordé que duermes solo en tu tienda; que para ocultar mejor tus salidas no tienes guardias que velen despiertos tu sueño, y sentí la necesidad de hacer algo por tí, de pasar la noche apoyada en la lanza, cerca de tu lecho, para impedir la traición de un enemigo.
—¡Qué locura! —exclamó riendo el africano.
—Hanníbal —dijo con gravedad la hermosa amazona—; acuérdate de Hasdrúbal, el esposo de tu hermana. Bastó el puñal de un esclavo para acabar con él.
—Hasdrúbal debía morir —dijo el caudillo con la convicción del fatalismo—. Lo quería la suerte de Cartago. Era preciso que Hasdrúbal desapareciese para dejar paso á Hanníbal. Pero Hanníbal no tiene quien le reemplace, y vivirá aun cuando durmiese rodeado de enemigos. Mi sueño es ligero y mi brazo pronto: el que se desliza en la tienda de Hanníbal entra en su tumba.
Asbyte contemplaba con admiración amorosa al joven héroe, que había arrojado el arco, y al hablar de su fuerza elevaba los brazos poderosos. La luna agrandaba su sombra de tal modo que, al mover los brazos, parecía abarcar en ellos el campamento, la ciudad, todo el valle, como un sér sobrenatural.
La amazona se aproximó á él, dejando la lanza sobre el tronco del árbol. Al abandonar su arma, parecía haber depuesto la belicosa fiereza, y avanzaba hacia Hanníbal con dulzura femenil, mirándolo con los mismos ojos tímidos y húmedos de los antílopes que triscan en los oasis de su país.
—Además —murmuró—, he venido porque necesitaba estar cerca de tí. Me causa un placer dulcísimo velar tu sueño; siento la voluptuosidad de un sacrificio grato guardándote sin que tú lo sepas... Nunca puedo hablarte. Te contemplo de día á caballo entre esos cartagineses de armaduras doradas que te rodean; á pie, guiando á los que empujan las máquinas de guerra, ayudándoles muchas veces para excitar su entusiasmo; pero siempre te veo de lejos, como caudillo, como héroe, nunca como hombre. ¿Te acuerdas de aquellos días en la ciudadela de Cartago-Nova, cuando acababa yo de llegar de África con los refuerzos que te hicieron lanzar gritos de entusiasmo?