Su despecho le hizo arrojarse de nuevo en la cama, buscando el sueño con el ansia de quien desea olvidar. Apagó la luz de la lámpara, pero en la obscuridad siguió con los ojos abiertos. La azulada luz de la luna se filtraba por una rendija de la cúpula de la tienda, cayendo sobre las corazas que en la obscuridad brillaban como peces plateados. Fuera seguía cantando el ruiseñor.

Hanníbal se encolerizó: le desvelaba el maldito pájaro. Él era capaz de dormir entre el estrépito de los combates. Acostumbrado desde niño al campamento, le arrullaban las ásperas trompas de guerra: las roncas canciones de los mercenarios y el relincho de los caballos, no lograban despertarle. Pero el canto dulce de aquel pájaro, su trino incesante, le molestaba como el zumbido de un abejorro.

Saltó del lecho, buscó á tientas un arco entre el revoltijo de armas, telas y muebles, y salió de la tienda. La frescura de la noche le calmó un tanto.

Brillaba la luna en un ambiente puro, sin una nubecilla. El viento era tibio, á pesar de que terminaba el otoño; parpadeaban las estrellas; al trino del ruiseñor, contestaban otros y otros esparcidos en los árboles del inmenso valle. El campamento descansaba. Extinguíanse las hogueras, cerca de las cuales dormían los soldados en horrible promiscuidad con las mujeres y los niños del ejército, envueltos en harapos ó en pedazos de ricas telas; y los caballos, amarrados al suelo por estacas, alineaban en correctas filas sus soñolientas cabezas. En el fondo, la ciudad sitiada permanecía obscura y silenciosa como si durmiese. El débil resplandor que se escapaba por algunas saeteras de sus muros, producía el efecto de unas pupilas ligeramente entreabiertas que vigilaban fingiendo dormir.

Hanníbal saltó por encima de los soldados escogidos, que dormían ante la puerta de la tienda. Se incorporaban al sentir su paso, y reconociendo al caudillo, volvían á unir su cabeza á la tierra y continuaban roncando. Eran veteranos de las guerras de Hamílcar, que miraban con veneración casi religiosa al leoncillo de su antiguo capitán.

Armó el arco al dar la vuelta á la tienda para disparar contra el pájaro oculto en el ramaje; pero se detuvo asombrado viendo junto al tronco del árbol una figura blanca que brillaba envuelta por la luz de luna.

Era una mujer; una amazona. Centelleaban en su cabeza y su pecho el casco de oro y la coraza de escamas; descendía á lo largo de las piernas, marcando su contorno, la túnica de blanco lino, y los brazos fuertes y desnudos, se apoyaban en la lanza con el regatón clavado en el suelo. Sus ojos negros estaban fijos en la tienda de Hanníbal con extraña persistencia, sin parpadear, como si soñase despierta, y el viento de la noche agitaba levemente la cabellera que descendía por sus espaldas. Detrás de ella veíase un caballo negro, de pelo brillante, piernas nerviosas y ojos inyectados de sangre, sin silla ni freno, sueltas las crines y bajando la cabeza para lamer el borde de la túnica de la amazona y sus desnudos pies, como un perrillo que la siguiera á todas partes.

—¡Asbyte! —exclamó Hanníbal, sorprendido por la aparición—. ¿Qué haces aquí?

La reina de las amazonas pareció despertar, y al ver al caudillo, fijó en él la mirada húmeda y apasionada de sus grandes ojos.

—No podía dormir —dijo con voz lánguida y cadenciosa—. He pasado la primera parte de la noche soñando cosas horribles. La diosa Thanit no guarda mi reposo, y he visto la sombra de mi padre Hiarbas, anunciándome la próxima muerte.