Á impulsos de la excitación nerviosa, que no le dejaba dormir, se incorporó en el lecho, y la luz de la lámpara dió de lleno en su rostro. Ya no era el pastor celtíbero, greñudo y feroz que Acteón había encontrado en el puerto de Sagunto. Libre del disfraz, se mostraba tal cual era: un joven de estatura regular, de miembros proporcionados y fuertes, sin alardes de exagerada musculatura, pero revelando en su cuerpo el temple del acero, una vitalidad capaz en momentos supremos de los más inauditos esfuerzos. Tenía la tez ligeramente bronceada, y su cabellera, de cortos y gruesos rizos, formaba á modo de un turbante negro y lustroso en torno de su cabeza, cubriéndole por completo la frente y dejando al descubierto los lóbulos de las orejas, de los que pendían grandes discos de bronce. La barba era espesa y rizosa; la nariz recta, pero poco saliente, y sus ojos, grandes é imperiosos, miraban siempre de lado, con una expresión de profunda astucia y de inabordable recogimiento. El cuello, musculoso, se torcía habitualmente, inclinando la cabeza á la derecha, como si quisiera percibir mejor el sonido de cuanto le rodeaba.

Vestía un simple sayo deshilachado y sucio como el de cualquier celtíbero de los que roncaban en las tiendan inmediatas, y únicamente, cual signo de poder, brillaban en sus muñecas dos anchos brazaletes de oro, dando fuerza con su opresión á los tendones y músculos del brazo.

Más de un mes estaba ante los muros de Sagunto sin conseguir ventaja alguna. Aquella misma tarde la había pasado guiando sus máquinas de guerra sin resultado, y esta falta de éxito era lo que en la soledad excitaba sus nervios, no dejándole dormir. Hijo mimado de la victoria, había vencido á campo raso las tribus más salvajes de la Iberia; había llevado sus elefantes por las cumbres de los montes más altos, atravesando ríos, rompiendo bosques, viendo la muchedumbre antes belicosa prosternarse ante él como si fuese un dios; y por primera vez en su vida tropezaba con un enemigo tenaz que al abrigo de sus muros se burlaba de él y no le dejaba avanzar un paso.

La ciudad de comerciantes y labradores, que había estudiado de cerca, contemplando con desprecio su opulenta molicie, amenazaba acabar con su buena suerte; y el caudillo, viéndola inquebrantable y pensando en sus enemigos de Cartago, en la cólera de Roma y en que el tiempo transcurría sin conseguir ningún avance, experimentaba cierta ansiedad.

Había escogido bien el punto vulnerable de Sagunto. Sus máquinas de guerra estaban colocadas ante la parte baja de la ciudad, que avanzaba sus murallas en el valle, sobre un terreno llano y descubierto que permitía la aproximación de los arietes. Pero apenas se adelantaban los centenares de hombres desnudos que tiraban de las pesadas máquinas, caía sobre ellos tal lluvia de flechas, que habían de huir los que no quedaban clavados en el suelo.

Algunas veces, al abrigo de los manteletes que avanzaban sobre ruedas y por cuyas saeteras disparaban los arqueros cartagineses, conseguían llegar los arietes al pie del muro. Pero por lo mismo que aquel lado de la ciudad resultaba el más expuesto á un ataque, las murallas, que en la parte alta de Sagunto eran de tapial, tenían allí una robusta base de rocas, y en vano las cabezas de carnero de bronce con que remataban los arietes topaban y topaban, movidas por centenares de brazos. Una lluvia de flechas y piedras caía sobre los sitiadores, rompiendo los escudos con que se cubrían: una gran torre dominaba todo el terreno de los asaltantes, sembrando entre ellos á mansalva la muerte; y no contentos con esto los sitiados, muchas veces, arrastrados por su coraje, lanzábanse fuera de los muros, acuchillando á los cartagineses.

Cada salida de estas costaba grandes pérdidas al ejército de Hanníbal. Los africanos comenzaban á hablar con temor supersticioso de un gigante desnudo, cubierto con una piel de león y esgrimiendo un tronco, que salía al frente de los saguntinos y á cada golpe abría un ancho surco en los asaltantes. Los etíopes veían en él una divinidad terrible y sanguinaria como las que adoraban en sus oasis; los celtíberos aseguraban que era Hércules, descendido del Olimpo para ayudar á su ciudad.

Hanníbal le reconoció de lejos en los combates. Era Therón, el sacerdote que había visto una mañana en la Acrópolis, admirando su vigor extraordinario. Pero á pesar de conocer su origen humano no podía evitar el terror de las tropas apenas veían sobresalir sobre los cascos aquella cabeza de león invulnerable, que parecía torcer el curso de las flechas y las piedras.

Además, los sitiados contaban con el auxilio de las faláricas. ¡Bien se conocía que entre los comerciantes y rústicos agricultores figuraban hombres expertos en la guerra, que habían corrido muchos países! El recuerdo de Acteón, el aventurero griego, compañero de su infancia, surgía en la memoria de Hanníbal. Él sería seguramente el inventor de la falárica, un dardo arrojadizo, rodeado de estopa empapada en pez. Partía la flecha ardiendo como un reguero de fuego, con su hierro largo, capaz de atravesar el escudo y la coraza; y aunque el terrible dardo no penetrase en la armadura, sus llamas se pegaban á las ropas; los combatientes arrojaban las armas para librarse del fuego y quedaban de este modo expuestos á los golpes del enemigo. Los mismos que habían peleado con las tribus más invencibles y bárbaras de Iberia, huían, arrojando el escudo ante aquellas colas de fuego que venían silbando y esparciendo chispas desde los muros de Sagunto.

Así transcurría el tiempo, sin que los sitiadores avanzasen; y Hanníbal se sentía dominado por cruel impaciencia. ¡Fuego de Baal! Él, encadenado á aquellos muros que no podía hacer suyos; y mientras tanto, la facción de Hanón conspirando en Cartago, preparando la ruina de los Barcas si no conseguía apoderarse de Sagunto, y proyectando tal vez su entrega á Roma cuando ésta reclamase viendo violados los tratados.