—¡Parásito! ¡Esclavo de la miseria! —gritaban—. Eres peor que esas lobas que se prostituyen á los bárbaros.
Eufobias, cuya insolencia crecía al compás de la indignación, quiso contestar; pero se detuvo viendo que una masa obscura le tapaba la luz del sol. El gigantesco Therón estaba ante él, mirándole con el mismo desprecio que uno de aquellos elefantes que los sitiadores tenían junto al río. Levantó su mano izquierda, débilmente, como si fuese á alejar un insecto de un papirotazo; apenas si rozó la cara insolente del filósofo, y éste cayó por la escalera de la muralla con la cabeza ensangrentada, silencioso, sin una queja, rebotando de peldaño en peldaño, como hombre convencido de que el dolor no es más que una apariencia, y acostumbrado á tales caricias.
En el mismo momento una nube de puntos negros silbó sobre las murallas como una bandada de pájaros. Volaron tejas, saltaron yesones de las almenas, y cayeron con la cabeza rota algunos de los que estaban en el muro. De entre las almenas salieron como contestación impetuosa, las piedras y las flechas.
Comenzaba la defensa de la ciudad.
VI
Asbyte
Hanníbal se agitaba entre las mantas de colores de su lecho, sin poder conciliar el sueño.
Los gallos habían anunciado la media noche, rasgando con su grito el silencio del campamento, y el caudillo permanecía desvelado, cerrando los ojos sin poder dormir. Le tenía en vela el canto de un ruiseñor posado en un gran árbol, de cuyo ramaje pendía su tienda.
Una lámpara de barro iluminaba la aglomeración de objetos en torno de su lecho. Centelleaban en el suelo corazas, grebas y cascos cubiertos por pedazos de ricas telas robadas en las quintas saguntinas. Los muebles griegos, las ánforas de tocador de sutil cincelado, los tapices con escenas mitológicas, revolvíanse confundidos con los látigos de piel de buey sin curtir, los escudos de cuero de hipopótamo y los harapos de Hanníbal, tan amante del brillo de sus armas, como descuidado y sucio en sus ropas. Los vasos griegos de rica labor estaban destinados á los más bajos usos. Una crátera de alabastro cubierta por un escudo servía de asiento; un gran vaso de arcilla roja, decorado por un artista griego con las aventuras de Aquiles, lo empleaba el africano con desprecio para sus desahogos más íntimos; pedazos de estatuas y columnas destrozadas por el furor de la invasión se hundían en el suelo, ofreciendo asiento á los capitanes de Hanníbal cuando celebraban consejo en la tienda del caudillo. Era el botín, amontonado y magullado por la fiebre del robo. De él, sólo una pequeña parte había llegado hasta el jefe, que sentía un absoluto desprecio por la belleza artística cuando no estaba impresa en metales preciosos. Se reía de los dioses de aquella tierra lo mismo que de los de su país y del mundo entero, y escupía sobre los mármoles de las divinidades que llenaban el campamento como si fuesen pedazos de piedra, buenos únicamente para enviarlos con la catapulta contra los enemigos.