Un nuevo motivo de indignación vino á inflamar otra vez el ánimo de los saguntinos. Algunos, creyeron reconocer á un guerrero celtíbero que marchaba al frente de un grupo de jinetes. Su gallardía sobre el caballo, la arrogancia con que galopaba pegado á la silla, recordaron á muchos el vistoso desfile de la fiesta de las Panatheas. Cuando echó pie á tierra y se despojó del casco, limpiándose el sudor, todos le reconocieron, lanzando un grito de indignación. Era Alorco. ¡También aquél!... Otro ingrato para la ciudad que le había colmado de atenciones y honores. Sus deberes de reyezuelo le hacían olvidar la fraternal acogida de Sagunto.

Y ciegos de ira dispararon sus arcos contra él, pero las flechas no podían llegar al sitio donde acampaban los celtíberos.

La muchedumbre, enfurecida, experimentó un ligero consuelo. Abríanse los grupos á lo largo de la muralla, y con la majestad de un dios avanzaba Therón, el sacerdote de Hércules, fijos los ojos en el enemigo, insensible á la adoración popular que le rodeaba.

Los saguntinos creyeron ver al propio Hércules que había abandonado su templo de la Acrópolis para bajar á las murallas. Iba desnudo: una piel enorme de león cubría sus espaldas. Las garras de la fiera cruzábanse sobre su pecho, y el cráneo lo cubría con la cabeza de la bestia, de erizados bigotes, agudos dientes y ojos amarillos de vidrio que brillaban entre la revuelta melena de oro. Su diestra empuñaba sin ningún esfuerzo un tronco entero de roble que le servía de cachiporra, como la maza del dios. Sus hombros sobresalían por encima de todas las cabezas. La muchedumbre admiraba sus pectorales redondos y fuertes como escudos, los brazos, en los que se marcaban las venas y tendones como sarmientos arrollados á los músculos, y las piernas, semejantes á columnas, entre las cuales pendía la virilidad con el soberano impudor de la fuerza. Era tan enorme, que su cráneo parecía pequeño en medio de los inmensos hombros, abultados por la almohadilla de los músculos; su pecho mujía al respirar como una fragua, y todos, instintivamente, se hacían un paso atrás, temiendo el roce de aquella máquina de carne creada para la fuerza.

Los jóvenes elegantes amigos de Sónnica, que ni aun en aquella ocasión suprema habían olvidado pintarse el rostro, le seguían y admiraban, ordenando á la muchedumbre que abriese paso.

—¡Salve, Therón! —gritaba Lacaro—. Veremos qué hace Hanníbal cuando te encuentre en el combate.

—¡Salud al Hércules saguntino! —contestaban los otros jóvenes, apoyándose con desmayo en las espaldas de sus muchachuelos.

El gigante miraba el campamento, en el cual comenzaban á sonar las trompas y corrían los soldados para formarse en grupos. Avanzaban los honderos cautelosamente, amparándose de los edificios y las desigualdades del terreno. Iba á comenzar el combate. En las murallas tendían sus arcos los flecheros, y los adolescentes amontonaban piedras para arrojarlas con sus hondas. Los viejos obligaban á las mujeres á retirarse. Cerca de una escalera de la muralla, peroraba el filósofo Eufobias en medio de un grupo, sin hacer caso de la indignación de los oyentes.

—Va á correr la sangre —gritaba—. Pereceréis todos: ¿y para qué?... Yo os pregunto qué ganáis no obedeciendo á Hanníbal. Siempre tendréis un amo: y lo mismo da ser amigos de Cartago que de Roma. Se prolongará el sitio y moriréis de hambre. Yo seré el último en sobreviviros, pues conozco de antiguo la miseria como una fiel amiga... Pero otra vez os pregunto: ¿qué más os da ser romanos que cartagineses? Vivid y gozad. Quede para los carniceros el derramar sangre, y antes que pensar en dar muerte á otro hombre, estudiaos á vosotros. Si hicierais caso de mi sabiduría, si en vez de despreciarme me alimentaseis á cambio de mis consejos, no os veríais encerrados en vuestra ciudad como zorras en el cepo.

Un coro de imprecaciones y una fila de puños amenazantes contestaron al filósofo.