Aparte de estas gentes, los conocedores señalaban desde las murallas las demás tropas del ejército sitiador. Unos hombres con la piel de color de leche, lacios bigotes y las crines rojas anudadas en el vértice del cráneo, que se despojaban de sus sayos y sus altas botas de pieles sin curtir para bañarse en el río, eran galos; los otros, bronceados y tan enjutos que su esqueleto se marcaba como si fuese á desgarrar la piel, eran africanos de los oasis del gran desierto, gentes misteriosas que con el redoble de sus tamborcillos hacían descender la luna, y tañendo la flauta obligaban á bailar á las serpientes venenosas. Y revueltos con ellos, aparecían los lusitanos enormes, de piernas fuertes como columnas y anchos pechos de roca; los de la Bética, unidos á sus caballos de día y de noche por un amor que duraba toda la vida; los celtíberos hostiles, melenudos y sucios, ostentando con altivez sus harapos; las tribus del Norte, que adoraban como dioses los pedruscos solitarios y buscaban á la luz de la luna hierbas misteriosas para hechicerías y filtros; todos de costumbres feroces, en perpetua batalla con el hambre, gentes bárbaras de las que se decían cosas horripilantes, suponiéndolas inclinadas á devorar los cadáveres de los vencidos después del combate.

Los honderos baleares provocaban la risa, á pesar de su aspecto feroz. Comentábanse en las murallas las costumbres extravagantes que regían en sus islas; y la multitud prorrumpía en carcajadas contemplando aquellos mocetones casi desnudos, empuñando un palo con la punta tostada que les servía de lanza, y llevando tres hondas, una arrollada á la frente, otra en la cintura y la tercera en la mano. Estas hondas eran de crín, de esparto y de nervio de toro, usándolas alternativamente según la distancia á que debían tirar.

Vivían en las cuevas de sus islas ó en la cavidad formada por varios peñascos amontonados, y desde niños se amaestraban en el uso de la honda. Sus padres les ponían el pan á alguna distancia, y no podían comerlo si no lo derribaban antes de una pedrada. Su pasión era la embriaguez, y su más vehemente apetito la mujer. En los combates despreciaban los prisioneros de buen rescate por apoderarse de las mujeres, y muchas veces cambiaban seis esclavos fuertes por una esclava. En sus islas no se conocía el oro y la plata: los ancianos, adivinando los males del dinero, habían prohibido que se importaran monedas, y los honderos baleares al servicio de Cartago, no pudiendo llevar las ganancias á su país, gastaban las soldadas en bebidas ó las arrojaban generosamente en manos de las rameras hediondas y miserables que seguían al ejército. Sus costumbres tradicionales regocijaban á los saguntinos. En sus bodas, según decían los que habían visitado las islas, era uso que todos los invitados gozasen á la desposada antes que el marido, y en los entierros se apaleaba al cadáver hasta magullarle los huesos y convertirlo en una masa informe que se apelotonaba á viva fuerza en una estrecha urna, enterrándola bajo un montón de pedruscos. Sus hondas eran terribles. Arrojaban á grandes distancias balas de arcilla cocida al sol, cónicas por sus extremos y con grotescas inscripciones dedicadas al que recibía el golpe; y en los combates disparaban piedras de á libra con tal fuerza, que no podía resistirlas la armadura mejor templada.

Detrás de esta muchedumbre belicosa, se esparcían por la campiña mujeres desharrapadas de todos colores; niños desnudos y enflaquecidos que no conocían á su padre; los parásitos de la guerra, que marchaban á la cola del ejército para aprovecharse de los despojos de la victoria: hembras que por las noches se tendían en un extremo del campamento amaneciendo en el opuesto, y envejecidas en plena juventud por las fatigas y los golpes, morían abandonadas al borde un camino; pequeñuelos que miraban como padres á todos los soldados de su raza llevando á la espalda en las marchas la leña ó la marmita de los guerreros, y en los momentos de lucha difícil, cuando se reñía cuerpo á cuerpo, deslizábanse entre las piernas de los contrarios para morderles como rabiosos gozquecillos.

Acteón encontró á Sónnica en la muralla, mirando el campamento enemigo á los primeros rayos del sol. La hermosa griega se había refugiado en Sagunto la noche anterior, seguida de esclavos y rebaños, trasladando á su casa comercial una parte de las riquezas de la quinta. Quedaban allá las habitaciones con sus pinturas y mosaicos; los muebles ricos, las suntuosas vajillas que caerían en poder del vencedor. Y ella y el griego, por entre el follaje del agro, veían la terraza de la quinta con sus estatuas; la torre de las palomas y los tejados de las casas de los esclavos, sobre los cuales corrían algunos hombres como insectos casi imperceptibles. Los invasores estaban allí. Tal vez se divertían matando á flechazos los pájaros asiáticos de deslumbrante plumaje y golpeaban á los esclavos enfermos y viejos abandonados en la fuga. Por entre los plátanos del jardín se elevaba el humo de una hoguera. La griega y su amante presentían la destrucción y la rapiña. Sónnica entristecíase, no por la pérdida de una parte de sus riquezas, sino por creer que mataban su amor destruyendo un lugar que había sido testigo de sus primeros arrebatos de pasión con el ateniense.

Bien entrada la mañana, la gente saguntina prorrumpió en gritos de indignación. Por el camino de la Sierpe venían algunos grupos de mujeres ebrias y vociferantes, abrazando á los soldados. Eran las lobas del puerto, las cortesanas miserables que pululaban de noche en torno del templo de Afrodita y á las que se prohibía la entrada en la ciudad. Al presentarse en el puerto los primeros jinetes cartagineses, los habían seguido con entusiasmo. Habituadas á las caricias brutales de los hombres de todas las naciones, no las causaba extrañeza la presencia de aquellos soldados de tan distintos trajes y razas. Lo mismo eran los lobos de la tierra que los del mar. Adoraban á los hombres fuertes, aves de presa que las destrozaban entre sus garras; y á la zaga de los cartagineses marcharon al campamento, satisfechas en el fondo de aproximarse á la ciudad sin miedo al castigo; de poder burlarse de los sitiados habitantes, con el concentrado odio de muchos años de humillación.

Cantaban como locas, agitándose entre las manos ávidas y temblorosas de deseo, que se las disputaban como si quisieran desgarrarlas; embriagábanse en las ánforas de ricos vinos, sacadas de las quintas; caían sobre sus hombros telas con hilos de oro robadas un momento antes; los númidas, las admiraban con sus húmedos ojos de gacela, coronándolas con guirnaldas de hierbas, y ellas, prorrumpiendo en carcajadas de bacante, acariciaban la cabeza de crespa lana de los etíopes, que reían como niños, mostrando sus agudos dientes de antropófagos.

Se entregaban al amor bajo los árboles, junto á las largas filas de caballos amarrados al borde de las tiendas, mostrando al rodar sus desnudeces, como un insulto impúdico á la sitiada ciudad; y los saguntinos, que habían presenciado impávidos el largo desfile del enemigo, temblaban de ira tras sus almenas á la vista de la ofensa de sus cortesanas.

¡Las miserables!... ¡Las perras!...

Insultábanlas las ciudadanas, pálidas de furor, echando el busto fuera de los muros, como queriendo saltar al campo para caer sobre las prostitutas; y éstas, cual si las excitase la cólera de la ciudad, redoblaban sus carcajadas, tendidas de espaldas en la hierba, abiertos sus miembros, como invitando al ejército entero á que pasase sobre sus cuerpos.