—Conoce bien el terreno —murmuró—. Ha aprovechado su visita á la ciudad. En las sombras ha sabido escoger el único punto por donde Sagunto puede ser atacada.
Todo el lado del monte estaba libre de sitiadores. Su ejército había acampado entre el río y la parte baja de la ciudad, ocupando las huertas, los jardines de las casas de recreo, el hermoso arrabal de que tan orgullosos se mostraban los ricos de Sagunto.
Entraban y salían los soldados en las lujosas villas, preparando su comida de la mañana; hacían astillas los ricos muebles para encender las hogueras; envolvíanse en las telas que habían encontrado, y derribaban los arbolillos para plantar sus tiendas con mayor desahogo. Al otro lado del río, sobre el inmenso agro, esparcíanse los grupos de jinetes, para tomar posesión de las aldeas, de las quintas, de los innumerables edificios que surgían entre el verdor de la inmensa vega, abandonados á la proximidad del enemigo.
Lo que primeramente llamó la atención de los saguntinos, excitando una curiosidad infantil, fueron los elefantes. Estaban en fila al otro lado del río, enormes, cenicientos, como tumefacciones que hubieran surgido de la tierra durante la noche; con las orejas caídas como abanicos, pintadas de verde, y agitando de vez en cuando sus trompas, que parecían gigantescas sanguijuelas, intentando chupar el azul del cielo. Sus conductores, ayudados por los soldados, descargaban de sus lomos las cuadradas torres y arrollaban las gruesas gualdrapas que les cubrían los flancos en los momentos de combate. Los dejaban libres, como si la vega fuese para ellos una inmensa cuadra, seguros los conductores de que el sitio iba á ser empresa larga y que mientras durase no sería preciso el auxilio de las terribles bestias, tan apreciadas en las batallas.
Cerca de los elefantes, por la ribera del río, llegaban las máquinas de guerra, las catapultas, los arietes, las torres movedizas, complicadas fábricas de madera y bronce, de las que tiraban dobles rosarios de bueyes, enormes y con retorcidos cuernos.
El terreno, como si sufriera una erupción en su superficie, cubríase de vejigas de diversos colores, tiendas de tela, de paja ó de pieles, unas cónicas, otras cuadradas, las más redondas como hormigueros, en torno de las cuales se agitaba la multitud armada.
Los saguntinos, desde lo alto de sus muros, examinaban el ejército sitiador, que parecía llenar toda la vega, y al cual se unían incesantemente nuevas muchedumbres á pie y á caballo que llegaban por todos los caminos y parecían rodar de las cumbres de las inmediatas montañas. Era una aglomeración de razas diversas, de pueblos distintos; una bizarra amalgama de trajes, colores y tipos; y los saguntinos, que por sus viajes conocían todas aquellas gentes, las iban señalando á sus absortos conciudadanos.
Unos jinetes que parecían volar casi tendidos sobre sus pequeños caballos, eran númidas; africanos de aspecto afeminado, cubiertos de velos blancos, con pendientes de mujer y babuchas, perfumados, con los ojos pintados de negro, pero que resultaban impetuosos en el combate y luchaban á la carrera, manejando la lanza con gran destreza. En torno de las hogueras de los jardines paseaban los negros de Libia, atléticos, con los cabellos crespos y la dentadura deslumbrante, sonriendo con estúpida satisfacción al ver sus miembros desnudos envueltos en los girones de rica tela que acababan de robar; temblando de frío apenas se apartaban del fuego, como si les martirizase la frescura del amanecer. Estos hombres, de piel obscura y brillante, pocas veces vistos en Sagunto, excitaban la curiosidad de los ciudadanos casi tanto como las amazonas que audazmente pasaban al galope por cerca de las murallas para ver de más cerca la ciudad.
Eran jóvenes, esbeltas, de piel tostada por la intemperie. Su cabello ondeaba tras el casco como un adorno bárbaro, y no llevaban otra vestidura que una amplia túnica hendida por el lado izquierdo, que dejaba al descubierto sus piernas nerviosas oprimiendo los hijares del caballo. Sobre el pecho llevaban algunas un justillo de escamas de bronce, pero abierto por el costado izquierdo para pelear con más desahogo y mostrando la redondez de su seno recogido y duro por los fatigosos ejercicios. Montaban en pelo sus caballos nerviosos y salvajes, guiándolos con un ligero freno, y al marchar en grupo las feroces bestias se mordían y coceaban, animándose así en la desesperada carrera. Avanzaban las amazonas hasta cerca de los muros riendo y profiriendo palabras que no entendían los saguntinos; agitaban sus lanzas y escudos, y al enviarles una nube de flechas y piedras, huían á escape, volviendo la cabeza para repetir sus gestos de burla.
Los sitiados distinguían entre la muchedumbre obscura de los soldados las corazas de algunos jinetes, que brillaban como láminas de oro. Eran los capitanes cartagineses, los ricos de Cartago, que seguían á Hanníbal; hijos de opulentos comerciantes que marchaban con el ejército más como pastores que como caudillos, cubiertos de metal de cabeza á pies para librarse de los golpes y más atentos, con el genio de su raza, á administrar las conquistas y repartirse el botín que á buscar gloria en los combates.