El Foro era un campamento. Oprimíanse los rebaños entre las cuatro columnatas, sin espacio para moverse, mugiendo y pataleando; las ovejas saltaban en las escaleras de los templos; las familias de campesinos hacían hervir sus marmitas sobre los mármoles de los áticos, y el resplandor de tantas hogueras, reflejándose en las fachadas de las casas, parecía comunicar á toda la ciudad un temblor de alarma. Los magistrados hacían levantar á los fugitivos, tendidos en las calles y que obstruían la circulación, para alojarlos en las casas de los ricos, juntos con los esclavos, ó guiarlos á la Acrópolis para que acampasen en sus innumerables edificios. Allí subían también los rebaños, á la luz de las antorchas, entre una doble fila de hombres casi desnudos, que apaleaban los bueyes cuando intentaban escapar por las laderas del monte sagrado.
Dominando el murmullo de la multitud, sonaba el mugido de las trompas y de los caracoles marinos, llamando á los ciudadanos para que formasen los grupos encargados de la defensa de la muralla. Salían de las casas, arrancándose de los brazos de sus esposas é hijos, los comerciantes, vestidos con lorigas de bronce, el rostro cubierto por el casco griego rematado por enorme cepillo de crines, y avanzaban majestuosos entre la muchedumbre de rústicos, con el arco en la mano, la pica en el hombro y la espada golpeándoles el desnudo muslo, cubierto hasta la rodilla con el coturno de cobre. Los adolescentes, arrastraban á las murallas enormes piedras para arrojarlas á los sitiadores, y reían al ser ayudados por las mujeres, que deseaban tomar parte en los combates. Viejos de barba venerable, ciudadanos ricos del Senado, se abrían paso, seguidos por esclavos con grandes haces de picas y espadas, y distribuían las armas entre los campesinos más fuertes, preguntándoles antes si eran hombres libres.
La ciudad parecía contenta. ¡Ya llegaba Hanníbal!... Los más entusiastas habían dudado con cierta pena de que el africano osase presentarse ante sus muros. Pero ya estaba allí; y todos reían pensando que Cartago perecería ante Sagunto así que Roma acudiese en auxilio de la ciudad.
Los embajadores saguntinos estaban allá, y no tardarían en llegar las legiones romanas, aplastando en un momento á los sitiadores. Algunos, en su entusiasta optimismo, inclinados á lo maravilloso, creían que por un milagro de los dioses, el gran hecho ocurriría dentro de pocas horas, y que tan pronto como clarease el día, al extenderse el ejército de Hanníbal ante Sagunto, asomarían al mismo tiempo en el límite azul del seno Sucronense un sinnúmero de velas; la flota conduciendo á los invencibles soldados de Roma.
Casi toda la ciudad estaba en las murallas. Apiñábase en ellas la muchedumbre, hasta el punto de que muchos tenían que agarrarse de las almenas, para no ser precipitados.
Fuera de los muros, la obscuridad era absoluta. Habían callado como asustadas las ranas que poblaban las charcas del río; los perros que rodaban vagabundos por la campiña ladraban incesantemente. Adivinábase la presencia de ocultos seres que se agitaban en la sombra, rodeando la ciudad.
Las tinieblas aumentaban la incertidumbre ansiosa del gentío de las murallas. De pronto brilló un punto de luz en la obscuridad de la campiña: después otro y otros en distintos lugares, á alguna distancia de la ciudad. Eran antorchas guiando los pasos de los que llegaban. Sobre su rojiza mancha de luz veíanse pasar las siluetas de hombres y caballos. Á lo lejos, en la cumbre de algunos montes, brillaban hogueras, sirviendo, sin duda, de señal á las tropas rezagadas.
Estas luces pusieron fin á la calma de los más impacientes. Algunos jóvenes no pudieron permanecer con el arco inactivo, y tendiéndolo comenzaron á disparar flechas. Pronto respondieron desde la obscuridad. Sonaban silbidos sobre la cabeza de la muchedumbre, y de las casas inmediatas á la muralla volaron con gran estrépito algunas tejas. Eran balas de honda enviadas por los sitiadores.
Así transcurrió la noche. Cuando cantaron los gallos anunciando el amanecer, una gran parte de la muchedumbre se había dormido, cansada de escudriñar la obscuridad en la que zumbaba el enemigo invisible.
Al apuntar el día los saguntinos vieron todo el ejército de Hanníbal, frente á sus muros, por la parte del río. Acteón, al examinar la colocación de las tropas, no pudo menos de sonreir.