Acteón atravesó una aldea. Las cabañas cerradas; las calles silenciosas. Del interior de una casa le pareció que partía un débil lamento. Algún enfermo abandonado por los suyos en la precipitación de la fuga. Pasó después ante una gran quinta cerrada. Detrás de las altas tapias aullaba con desesperación un perro.
Luego otra vez la soledad, el silencio, la ausencia de la vida, la parálisis que parecía extenderse sobre los campos. Comenzaba á anochecer. Á lo lejos, como arrollado y confundido por la distancia, oíase un sordo rumor; algo semejante al mugido de un mar invisible, al zumbido creciente de una inundación.
El griego salió del camino: su caballo comenzó á escalar una altura cultivada, hundiendo los cascos en la roja tierra de las viñas. Desde lo alto abarcó de una mirada una gran parte del paisaje.
Los últimos reflejos del sol teñían de anaranjado las laderas de los montes, entre las cuales serpenteaba el camino, y en él brillaban como reguero de chispas las corazas de un grupo de jinetes que marchaban al trote con cierta precaución, como explorando el terreno. Acteón los reconoció; eran jinetes númidas de blancos y flotantes mantos, y confundidos con ellos galopaban otros guerreros de estatura menos imponente, que agitaban las lanzas haciendo caracolear sus pequeños caballos. El griego sonrió reconociendo á las amazonas de Hanníbal, el famoso escuadrón que había visto en Cartago-Nova, formado por esposas é hijas de soldados y que mandaba la valerosa Asbyte, hija de Hiarbas, el garamanta africano.
Detrás de este grupo, aparecía solitario el camino en un buen trecho. En el fondo, como un monstruo obscuro que se movía con ondulaciones de reptil, se destacaba el ejército, inmensa faja sobre la que brillaban las lanzas como una línea de fuego, interrumpida á trechos por masas cuadradas que avanzaban cual movedizas torres. Eran los elefantes.
De repente, tras el ejército, pareció elevarse un nuevo sol para alumbrar sus pasos. Se inflamó el horizonte, marcándose sobre el fondo rojizo el dentellado contorno de la inmensa masa. Era una aldea que ardía. Las tropas de Hanníbal, compuestas de mercenarios de todos los países y de tribus bárbaras del interior, ansiaban aterrar á la ciudad enemiga, y apenas entradas en territorio saguntino, talaban los campos é incendiaban las viviendas. Acteón temió ser envuelto por los númidas y las amazonas, y bajando de la altura, emprendió un galope desesperado hacia Sagunto.
Llegó á la ciudad cerrada ya la noche, y tuvo que darse á conocer, llamar á su amigo Mopso, para que le abriesen una puerta.
—¿Les has visto? —preguntó el arquero.
—Antes de que canten los gallos estarán ante nuestros muros.
La ciudad presentaba un aspecto extraordinario. Las calles estaban iluminadas con hogueras. Antorchas de resina ardían en puertas y ventanas, y la multitud de fugitivos aglomerábase en las plazas, llenando los pórticos y tendiéndose en los quicios de las puertas. Todo el pueblo saguntino se había agolpado en la ciudad.