Pasaron los meses del verano. Las vides del agro maduraban sus racimos, los labriegos se entusiasmaban contemplando la próxima cosecha oculta bajo los pámpanos, y de vez en cuando, como un trompetazo lúgubre, llegaban noticias de Hanníbal, de sus victorias sobre las tribus del interior que se negaban á reconocerle y de las imperiosas exigencias que mostraba sobre Sagunto.

Acteón adivinaba la proximidad de la guerra, y ésta, que había constituído siempre su principal medio de existencia, le causaba ahora tristeza. Había cobrado afecto á aquella tierra hermosa como la de Grecia. Su alma, saturada de la dulce paz de los campos fértiles y de la ciudad rica é industriosa, se entristecía al pensar que esta vida iba á paralizarse. Su existencia había transcurrido entre luchas y aventuras; y ahora que, rico y feliz, deseaba la paz en un rincón, donde creía acabar sus días, la guerra, como amante olvidada que se presenta inoportunamente, volvía á él sin llamamiento alguno, empujándolo nuevamente á la crueldad y la destrucción.

Una tarde, al finalizar el verano, pensaba en esto marchando á caballo hacia la ciudad. En los oblicuos rayos del sol brillaban como botones de oro las industriosas abejas, buscando las flores silvestres. Las vendimiadoras cantaban en las viñas, agachadas junto á sus cestos... Acteón vió venir corriendo por la parte de la ciudad un esclavo de los que tenía Sónnica en sus almacenes de Sagunto.

Se detuvo jadeante ante Acteón. Apenas podía hablar por la fatiga, y sus palabras entrecortadas revelaban el espanto. Hanníbal llegaba por la parte de Sétabis... Comenzaban á entrar despavoridas en la ciudad las gentes del campo con sus rebaños. No habían visto al invasor, pero corrían asustadas por el relato de los fugitivos que llegaban de los confines del territorio saguntino. Los cartagineses habían pasado los límites: eran gentes de rostro feroz y extrañas armas, que robaban las aldeas y las entregaban á las llamas. Él corría á avisar á su señora para que se refugiase en la ciudad.

Y emprendió de nuevo su carrera hacia la quinta de Sónnica. El griego dudó un momento, pensó retroceder en busca de su amada, pero acabó por partir al galope hacia la ciudad, y al llegar á ella pasó á escape por fuera de las murallas. Iba en busca del camino de las montañas que ponían en comunicación á Sagunto con los pueblos del interior y bifurcándose llegaba á Sétabis y Denia. Al llegar á él comenzó á encontrar los fugitivos de que hablaba el esclavo.

Llenaban el camino como una inundación. Mugían los rebaños bajo el látigo, desfilando entre los carros; las mujeres corrían llevando en la cabeza grandes fardos, y arrastraban á sus pequeñuelos, cogidos á los pliegues de la túnica; los muchachos arreaban los caballos cargados de muebles y ropas, todo amontonado al azar en la precipitación de la fuga, y las ovejas saltaban á los lados del camino, librándose de las ruedas que rozaban sus vellones, amenazando aplastarlas.

El griego, marchando en dirección opuesta al torrente de fugitivos, partía con su caballo el revuelto oleaje de carros y rebaños, campesinos y esclavos, en el cual se confundían las gentes de diversos pueblos y se perdían los individuos de una misma familia, llamándose desesperadamente al través de las nubes de polvo.

La muchedumbre fugitiva comenzaba á aclararse. Pasaban junto á Acteón los rezagados: pobres viejas que caminaban con paso vacilante, llevando sobre los hombros el corderillo que constituía toda su fortuna; ancianos abrumados por el peso de marmitas y ropas; enfermos que se arrastraban apoyados en el báculo; animales abandonados que vagaban por entre los olivos inmediatos al camino, y de repente, como si husmeasen al lejano dueño, lanzábanse á todo correr al través de los campos; niños sentados en una piedra que lloraban viéndose abandonados de los suyos.

Pronto quedó el camino completamente desierto. Se había perdido á lo lejos la cola de los fugitivos, y Acteón sólo veía ante sí la estrecha lengua de tierra roja serpenteando por las laderas de los montes, sin un ser que con su silueta cortase la monotonía del camino.

El galope de su caballo resonaba como un trueno lejano en el profundo silencio. Parecía que la naturaleza hubiese muerto al sentir la proximidad de la guerra. Hasta los seculares árboles, los retorcidos olivos que tenían siglos de vida, las grandes higueras que se ensanchaban cual cúpulas verdes sobre las pendientes de los montes, permanecían inmóviles, como aterradas por la aproximación de aquel algo que hacía abandonar á los pueblos sus viviendas, corriendo á la ciudad.