Se detuvo, creyendo haber dicho demasiado. Tal vez Ranto le reprendió con un ligero movimiento por hablar tanto. Después, añadió con tono suplicante:
—Tú eres bueno, ateniense. Ranto y yo te miramos como un hermano mayor desde que te vimos en el camino de la Sierpe. No digas nada á mi padre ni á Sónnica. Deja que seamos dichosos en esta vida, digna de dioses.
Acteón sentía cierta envidia ante la felicidad de aquellos jóvenes exentos de cuidados, que se amaban en medio del campo, bajo los árboles, como animales sanos y hermosos que sólo creían en el amor.
—Sagunto va á ser sitiada. Tenemos guerra. ¿No lo sabéis?
—Lo ignoramos —dijo Eroción con un gesto de desprecio—. Á mí solo me interesa Ranto.
—¿Y tu ciudad?... ¿No te preocupa su suerte?
—Me preocupan más los besos de mi pastora. Mientras haya amor, sol y frutas, ¿qué me importa lo demás del mundo?
—¿No crees en tu país, desgraciado?
—Por ahora sólo creo en las cerezas y en esta boca roja y fresca como ellas.
Se separaron, y Acteón guardó algún tiempo el recuerdo del encuentro. El alegre descuido de la amorosa pareja le inspiraba envidia.