Acteón sonreía contemplando aquella juventud fuerte y hermosa que se buscaba y confundía como si viviese en un desierto, sin preocuparse del estado de la ciudad.
—¿Pero qué hiciste de tu obra? —preguntó.
Eroción y Ranto rieron al recordar el pasado trabajo.
—La aplasté —dijo el muchacho—. Hice añicos el barro y me propongo no tocar otro que el de la alfarería... cuando me decida á volver á ella.
Había cogido el talle de la pastorcilla y descansaba su cabeza en uno de sus hombros, frotándose contra su cuello con suavidad amorosa de felino.
—¿Para qué trabajar? —añadió—. He pasado muchos días arrodillado ante el barro maldito, luchando por que tomase las formas de este cuerpo. Pero es inútil. El barro es barro y no puede ser carne. Cuando se tiene al alcance de la mano la suave piel de mi Ranto, es una necedad desesperarse para que la tierra amasada tome la tersura de su vida. No quiero soñar más, ateniense. Me contento con lo que poseo.
Y con un impudor sublime acariciaba á su amiga en presencia de Acteón.
—Un día —continuó el muchacho— ví claro y comprendí la verdad. Ranto estaba desnuda ante mí. Ofuscado por mi ambición, sólo había visto en ella al modelo, pero aquel día ví la mujer. ¿Á qué buscar la gloria cuando tenía ante mí la felicidad?... Aunque lograse hacer una gran estatua, ¿qué conseguiría con ello? Que la gente dijese después de muerto yo: —Esto lo hizo Eroción el saguntino. Y yo no podría oirlo, luego de pasar mi vida sufriendo y trabajando... No; vivamos y gocemos. Aquel día rompí de una patada la estatua y abracé á Ranto, rodando por el suelo. Amarse es mejor que perder el tiempo con monigotes de barro. ¿Verdad, Ranto?
Y volvían á acariciarse, sin importarles la presencia del griego. Éste adivinaba la gran transformación de aquella pareja en la desenvoltura del adolescente y el fuego que brillaba en los ojos de la pastora. El ardor amoroso parecía haber ensanchado los contornos de su cuerpo, dando á sus miembros una voluptuosa gracia, un abandono dulce, que no tenía antes.
—Olvidé el arte y somos dichosos —continuó el muchacho—. Hubiera sido una locura huir á Grecia, dejando aquí este tesoro que no conocía. Pasamos el tiempo vagando por los campos; tenemos en los bosquecillos rincones misteriosos con cortinas de hojas, escondrijos perfumados y obscuros que nos envidiaría Sónnica la rica; y cuando sentimos hambre ordeñamos las cabras de Ranto, vaciamos una colmena y subimos á los árboles en busca de fruta. Ésta es la gran época: toda la campiña está llena de cerezas.