Acteón comenzó á pasar los días fuera de la quinta, desoyendo los ruegos de Sónnica, que quería verle siempre junto á ella. El Senado le había dado el mando de los peltastas, la infantería ligera; y al frente de algunos centenares de jóvenes descalzos y sin otra arma defensiva que una coraza de lana y un escudo de junco, corría por las riberas del río, enseñándoles á lanzar los dardos sin detenerse en la carrera, á herir al enemigo pasando por su lado rápidamente, sin darle tiempo á que respondiese con otro golpe.
Cuando terminado el ejercicio los jóvenes sudorosos se lanzaban en el río para fortalecerse con la natación, el griego regresaba lentamente á la quinta, deteniéndose en los lugares más risueños del agro.
Una tarde el ateniense encontró á Eroción el alfarero al pie de un enorme cerezo, mirando las ramas más altas, de las que caía una lluvia de rojos frutos á impulsos de una mano invisible. Desde el día en que le sorprendió Acteón trabajando ante la desnuda pastorcilla no había vuelto á verle.
El adolescente acogió al griego con una sonrisa.
—¿Ya no trabajas? —preguntó Acteón con paternal bondad—. ¿Terminaste tu obra?
El muchacho contestó con un gesto de indiferencia:
—¡Mi obra!... No te burles, griego. Nada tengo que hacer...
—¿Y Ranto?
—Está en lo alto de ese árbol, cogiendo para mí las mejores cerezas. Trepa como una cabra y no quiere que la acompañe. Teme que me haga daño.
Se agitaron las ramas del cerezo, y ágil como una ardilla descendió la pastora con las piernas descubiertas, llevando en su recogida falda de piel un montón de cerezas. Ella y su amante las comían riendo, con los labios teñidos de rojo, y se adornaban el cabello ó las colgaban á pares de sus orejas, formando frescas y vistosas arracadas.