V

La invasión

La hermosa Sónnica creía haber perdido para siempre á Acteón. Su repentina partida la consideraba como un capricho del veleidoso ateniense, eterno viajero impulsado por la fiebre de ver nuevos países. ¡Sólo los dioses podían saber dónde iría aquel pájaro errante, después de su visita á la Celtiberia! Tal vez se quedase con Alorco; tal vez guerreara con aquellos bárbaros, y éstos, subyugados por su cultura y su astucia, acabaran formándole un reino.

Creía Sónnica que el ateniense no volvería más; que su corta primavera de amor había sido semejante á la fugitiva felicidad de las mujeres que tuvieron relaciones con los dioses al bajar éstos al mundo. Ella, tan insensible y burlona para los afectos, pasaba los días llorando en su lecho ó recorría por la noche como una sombra el vasto jardín, deteniéndose en la gruta donde el griego había hecho caer por primera vez el cinturón de su túnica. Los esclavos asombrábanse del humor desigual y cruel de su ama, que tan pronto gemía cual una niña, como enardecida por súbita crueldad, ordenaba castigos para todos. Y de repente, una mañana, se presentaba el griego ante la quinta sobre un caballo polvoriento y sudoroso, despedía á los bárbaros de feroz catadura que venían escoltándole, corría con los brazos abiertos hacia la trémula Sónnica, y todo el inmenso dominio parecía resucitar: la señora sonreía, el jardín se mostraba más hermoso, en la terraza brillaban con mayor esplendor los plumajes de las aves raras, sonaban más alegres las flautas de las aulétridas, y á los esclavos, libres ya de castigos, les parecía más dulce el aire y más puro el cielo.

La quinta de Sónnica recobró su alegre vida, como si la dueña hubiese resucitado. Por la noche hubo banquete en el gran triclinio; llegaron invitados los jóvenes elegantes amigos de Sónnica, y hasta Eufobias el filósofo encontró su sitio en la mesa, sin tener que luchar antes con el palo de los esclavos.

Sónnica sonreía abrazada á Acteón, y escuchaba sus palabras como una música dulce. Los convidados le hacían relatar su viaje á la Celtiberia, admirando las costumbres de las tribus sobre las que reinaba Alorco. El parásito Eufobias no ocultaba su satisfacción por tener un amigo tan poderoso, y hablaba de ir allá por algún tiempo para vivir cómodamente, sin tener que mendigar el pan á los mercaderes de Sagunto. Volvió para el ateniense la primavera de amor. Pasaba los días en la quinta á los pies de Sónnica, viendo cómo hilaba en la rueca lanas de vivos colores, ó cómo se acicalaba el cuerpo, ayudada por sus esclavas. Á la caída de la tarde paseaban por el jardín, y les sorprendía la noche en la gruta, estrechamente abrazados, oyendo como una melodía dulce y monótona el canto del surtidor cayendo en la taza de alabastro.

Algunas mañanas, Acteón iba á la ciudad para pasear por los pórticos del Foro, escuchando á los noticieros con la curiosidad de un griego habituado á las murmuraciones del Ágora. Notábase una agitación extraordinaria en la gran plaza saguntina. Los desocupados hablaban de guerras; los ciudadanos más belicosos recordaban sus hazañas en la última expedición contra los turdetanos exagerándolas, y los tranquilos comerciantes abandonaban sus mesas para inquirir noticias, acogiendo con gestos de desaliento la posibilidad de una lucha próxima. Acteón, al llegar á Sagunto por las mañanas, veía en lo alto de los muros centenares de esclavos que reparaban las almenas desmoronadas por el tiempo y cubrían las grietas que muchos años de paz habían abierto en los fuertes tapiales.

Mopso el arquero le tenía al corriente de las deliberaciones de los Ancianos. Hanníbal les había enviado un emisario con la orden de devolver á los turdetanos los territorios conquistados y el botín de la última expedición. El africano amenazaba con una altivez insufrible, y la república saguntina le había contestado con desprecio, negándose á escuchar sus órdenes. Sagunto sólo podía obedecer á su fuerte aliada Roma, y segura de su protección, miraba con indiferencia las amenazas del cartaginés. Sin embargo, como la guerra parecía inevitable y todos temían la juventud y el carácter audaz de Hanníbal, dos senadores se habían embarcado algunos días antes en el puerto de Sagunto, haciendo vela hacia las costas de Italia para relatar lo ocurrido, solicitando la protección del Senado romano.

En el Foro circulaban confusamente estas noticias, y la muchedumbre se burlaba de Hanníbal como de un joven arrebatado que necesitaba una lección. Podía venir contra Sagunto cuando quisiera. Los cartagineses eran los derrotados de Sicilia, los que tuvieron que abandonar las costas de la Gran Grecia, expulsados por los romanos, poniendo con la derrota su propia ciudad al borde de la ruina. Si habían logrado después victorias en Iberia era contra tribus bárbaras que desconocían el arte de la guerra y eran víctimas de sus astucias. Al atacar á Sagunto encontrarían un enemigo digno de ellos, y Roma, la poderosa aliada, caería á sus espaldas exterminándolos.

Estas reflexiones enardecían la ciudad. Llegaban noticias de que Hanníbal había salido de campaña y se aproximaba lentamente; y con tales novedades un aire de guerra parecía pasar sobre Sagunto, inflamando el ánimo de los más prudentes. Los tranquilos mercaderes, con la sorda cólera del hombre pacífico que ve en peligro sus bienes, limpiaban viejas armas en las puertas de sus tiendas ó bajaban á las riberas del río para ejercitarse en su manejo, confundidos con la juventud, que desde la salida del sol hacía caracolear sus caballos y esgrimía la lanza ó disparaba el arco bajo la dirección de Mopso.