Alorco añadió tras una larga pausa:
—Puedes permanecer aquí todo el tiempo que quieras. Mis hermanas te obedecerán como si fueses el mismo Alorco.
—No: partiendo tú nada me resta que hacer aquí. En un día he visto bastante para conocer á los celtíberos. Regresaré á Sagunto.
—¡Feliz tú que puedes volver á la vida griega, á los banquetes de Sónnica, á la dulce paz de aquellos mercaderes!... Que no se turbe nunca y que yo pueda regresar allá como amigo.
Callaron los dos un buen rato, como si gravitasen sobre su pensamiento negras ideas.
—Volverás de esa expedición cargado de riquezas —dijo el griego— y vendrás á disiparlas alegremente en Sagunto.
—¡Que sea así! —murmuró Alorco—. Pero presiento que nunca volveremos á vernos, Acteón. Si nos vemos será para maldecir á los dioses, prefiriendo no habernos visto. Parto sin saber dónde voy y tal vez marcho contra mí mismo.
No dijeron más: temían explicarse sus pensamientos.
El griego y el celtíbero se abrazaron estrechamente. Después, como suprema despedida, se besaron en los ojos, signo de fraternal amistad.