Terminaban las exequias. Los esclavos de la tribu arrojaron los restos de la hoguera en una zanja, y la muchedumbre, viendo acabada la fiesta, levantó por última vez el cuerno lleno de cerveza para beber en honor del nuevo rey, retirándose luego á sus aldeas.
Los principales guerreros se dirigieron á la mansión del jefe para celebrar consejo.
El ateniense caminaba al lado de Alorco, manifestándole el asombro que le habían causado las costumbres bárbaras y belicosas de los celtíberos. Como no podía entender su lenguaje, los guerreros le vieron sin alarma sentarse en la sala del consejo cerca del nuevo jefe.
El hechicero hablaba á Alorco largamente, entre el respetuoso silencio de los guerreros. Acteón comprendió que daba cuenta de cosas extraordinarias ocurridas en la tribu pocos días antes de la llegada del nuevo rey. Tal vez algún llamamiento de las tribus amigas, alguna expedición fructuosa proyectada por los más audaces.
Vió obscurecerse ligeramente el rostro de Alorco, como si le hablasen de algo penoso que pugnaba con sus afectos. Los guerreros le miraban fijamente, mostrando en sus ojos la conformidad y el entusiasmo con las palabras del viejo. Alorco se repuso, siguió escuchando con serenidad al hechicero, y cuando éste terminó, tras una larga pausa, dijo algunas palabras é hizo con la cabeza una señal de asentimiento.
Aquella gente ruda acogió con gritos de entusiasmo la conformidad de su jefe y salió en tropel de la casa, como si la faltase tiempo para llevar la noticia al exterior.
Cuando quedaron solos el griego y el celtíbero, éste dijo con tristeza:
—Acteón, mañana parto con los míos. Comienzo á ser jefe de la tribu. Tengo que llevarla al combate.
—¿Puedo acompañarte?
—No. Ignoro dónde vamos. Mi padre tenía un poderoso aliado que no puedo nombrarte, y ese aliado me llama sin decir para qué. Toda la tribu muestra un gran entusiasmo por esta expedición.