Agitando las lanzas, proclamaban con roncos gritos las hazañas del difunto jefe, uniéndose la masa de la tribu á sus aclamaciones. Relataban los innumerables combates de los que había salido vencedor; las audaces expediciones en las que sorprendía al enemigo descuidado durante la noche, quemando sus viviendas y formando interminables cuerdas de cautivos; los rebaños apresados, que casi no cabían en los territorios de la tribu; sus fuerzas colosales; la prontitud con que dominaba el potro más salvaje, y la prudencia que demostraba en todos sus consejos.

—¡Cubrió de manos de enemigos las puertas de nuestras casas! —gritaba un guerrero, pasando al galope como un fantasma entre el humo de la hoguera.

Y la multitud gritaba con una entonación de lamento:

—¡Endovellico!... ¡Endovellico!...

—¡Le temían todas las tribus, y su nombre era respetado como el de un dios!...

La multitud volvía á repetir varias veces el nombre del jefe como si llorase.

—¡Con su puño de roca abatía un toro en mitad de su carrera, y hacía volar la cabeza del enemigo con un golpe de su espada!

—¡Endovellico!... ¡Endovellico!...

Y así continuaban las exequias del jefe. La hoguera elevaba rectas las llamas, ensuciando con su denso humo el azul del cielo, y los heraldos, incansables en pregonar las hazañas de su jefe, pasaban y repasaban como negros demonios coronados de chispas, haciendo saltar sus corceles sobre los leños inflamados. Vínose abajo la pira, envolviendo los restos de Endovellico entre cenizas y tizones, y sobre el rescoldo de la hoguera comenzó el combate en honor del difunto.

Avanzaban los guerreros á caballo con las riendas sueltas, el escudo ante el pecho, la espada en alto, y combatían como si fuesen irreconciliables enemigos. Los mejores camaradas, los hermanos de armas, se asestaban tremendos golpes, con el entusiasmo de un pueblo que convertía la lucha en la principal diversión. Había que hacer correr la sangre para glorificar con más pompa la memoria del difunto; caían los caballos al choque del encuentro, y los jinetes continuaban la lucha á pie, trabándose cuerpo á cuerpo, haciendo retemblar los escudos con el choque de los golpes. Cuando se hubieron retirado algunos guerreros cubiertos de sangre, y el combate tomó un carácter de batalla general, en la que intervenían las mujeres y los niños enardecidos por el espectáculo, Alorco hizo sonar las trompas dando la señal de retirada, y se arrojó entre los combatientes para separar á los más tenaces.