Bajaron los jóvenes la espada, arrancándola de las yertas manos del jefe.
—Cíñetela, Alorco —continuó el hechicero—. Con ella nos defenderás y caerá como un rayo allí donde te marquen los tuyos. ¡Avanza, joven rey!
Guiado por el viejo, llegó Alorco hasta los troncos, sobre los cuales descansaba su padre. El joven volvía el rostro para no ver el cadáver, temiendo un enternecimiento que le hiciese derramar lágrimas ante la tribu.
—¡Jura por Neton, por Autubel, por Nabí, por Caulece, por todos los dioses de nuestra tribu y de todas las tribus que pueblan esta tierra y odian á los extranjeros que un día llegaron por el mar para robarnos nuestras riquezas! ¡Jura ser fiel á tu pueblo y obedecer siempre lo que te aconsejen los guerreros de la tribu!... ¡Júralo por el cuerpo de tu padre que pronto no será más que cenizas!...
Alorco lo juró, y los guerreros golpearon otra vez sus escudos, lanzando exclamaciones de alegría.
El viejo, con un vigor extraordinario, se encaramó sobre los troncos, buscando bajo la coraza del cadáver.
—Toma, Alorco —dijo al descender, entregando al nuevo jefe una cadenilla de cobre de la que pendía un disco del mismo metal—. Ésta es la mejor herencia de tu padre: la salvación que le seguía á todas partes. No hay un guerrero en la Celtiberia que no lleve consigo su veneno para morir, antes que ser esclavo del vencedor. Yo compuse éste para tu padre. Pasé toda una luna extrayéndolo del apio silvestre, y una de sus gotas mata como el rayo. Si algún día caes vencido, bebe y muere antes que los tuyos contemplen á su jefe con la mano cortada y sirviendo de esclavo á los enemigos.
Alorco pasó la cabeza por la cadenilla, ocultando en el pecho la herencia de su padre. Después volvió al lado de Acteón, bajo las encinas donde se agrupaban los ancianos.
Los adolescentes de la tribu que estaban haciendo su aprendizaje guerrero en la pradera, corrieron con antorchas encendidas en torno de la pira. Las teas lamieron los troncos resinosos, y pronto el humo y las llamas comenzaron á envolver el cadáver.
Los guerreros de la tribu más famosos por su valor y sus fuerzas, avanzaron haciendo caracolear sus caballos en torno de la hoguera.