Al terminar la cena entraron varios adolescentes de la tribu con trompas y flautas, y comenzaron á hacer sonar un aire bizarro que participaba de la alegría de la caza y del furor con que en los combates se cargaba sobre el enemigo. Los convidados enardeciéronse, y muchos de ellos, los más jóvenes, saltando al centro de la habitación, comenzaron á danzar con una agilidad gimnástica. Era el baile con que terminaban los celtíberos todos sus banquetes; un ejercicio violento que ponía á prueba sus músculos y les hacía recobrar su fuerza aún en los momentos de mayor molicie.
Mucho antes de media noche fueron retirándose los guerreros, dejando solos á Alorco y Acteón en aquella pieza inmensa cargada de humo, en la cual crepitaban las antorchas, tiñendo con reflejos de sangre los bárbaros adornos de las paredes. Durmieron en lechos de hierba sin despojarse de sus ropas y con las armas junto á ellos, como dormía toda la tribu, siempre temerosa de algún ataque de los vecinos, atraídos por la riqueza de sus rebaños.
Al amanecer bajaron á la pradera, donde estaba expuesto el cadáver de Endovellico. Toda la tribu se reunía en la llanura, junto al río: los jóvenes á caballo con sus lanzas y cubiertos de todas armas; los viejos sentados á la sombra de las encinas; las mujeres y los niños, cerca de la pira de troncos, sobre la cual estaba tendido el cadáver del jefe.
Endovellico aparecía con su traje de guerra. Sus lacios cabellos escapaban por los bordes del casco de triple cimera; la barba plateada descansaba sobre una loriga de escamas de bronce; los brazos desnudos y musculosos, caían sobre la espada celtíbera de hoja corta, estrangulada en su mitad para ensancharse en la punta, y las piernas estaban cubiertas por las anchas correas de las abarcas. El escudo, en el que aparecía grabado el dios de la tribu luchando con los leones, servía de cojín á su cabeza.
Al llegar los dos jóvenes, se adelantó el mismo anciano que había hablado á Alorco el día anterior. Era el más sabio de la tribu, y había aconsejado muchas veces á Endovellico antes de emprender sus audaces expediciones. En circunstancias extraordinarias abría con el cuchillo sagrado el vientre de los prisioneros para leer el porvenir en las palpitaciones de sus entrañas. Otras veces cortaba las manos á los vencidos para dedicarlas al dios de la tribu, clavándolas en la puerta del jefe para aplacar á la divinidad. El misterio hablaba por su boca, y toda la tribu le contemplaba con admiración y miedo, como capaz de cambiar el curso del sol y de destruir en una noche las cosechas de los enemigos.
—Avanza, hijo de Endovellico —dijo con solemnidad—. Mira tu pueblo, que te elige como el más valiente y el más digno para suceder á tu padre.
Interrogó con la mirada á la muchedumbre, y los guerreros contestaron golpeando sus escudos, lanzando los mismos alaridos con que se excitaban al entrar en el combate.
—Ya eres nuestro rey —continuó el anciano—. Serás el padre y el guardián de tu pueblo. Para cumplir tu misión, apodérate de la herencia de tu padre... ¡Bajad el escudo!
Dos jóvenes treparon á lo alto de la pira, y levantando la cabeza de Endovellico, bajaron el escudo con la imagen del dios, entregándolo á Alorco.
—Con este escudo —dijo el anciano— cubrirás á tu pueblo de los golpes del enemigo... ¡Venga la espada!