Las mujeres miraban á Acteón con asombro al saber el origen casi divino que le atribuía Alorco.

Habían desmontado los de la caravana, entrando en la inmensa cabaña que servía de palacio al jefe. Una vasta habitación ennegrecida por el humo y sin otras luces que unos angostos respiraderos, semejantes á saeteras, servía de punto de reunión y consejo á los guerreros de la tribu. En un extremo, una piedra enorme, sobre la cual ardían los leños, con una gran abertura en el techo que hacía las veces de chimenea. Empotrada en la pared había una lápida, y esculpida en ella groseramente la figura del dios de la tribu estrangulando á dos leones. De los muros colgaban lanzas y escudos, pieles de bestias feroces, retorcidas astaduras y blancos cráneos de animales de caza. Un banco de piedra corría á lo largo de las paredes, y cerca del hogar interrumpíase para dejar espacio á un alto poyo de mampostería cubierto con una piel de oso. Allí se sentaba el jefe.

Los guerreros iban colocándose en el banco conforme entraban.

Un anciano cogió la mano á Alorco, guiándolo hasta el puesto de honor.

—Siéntate ahí, hijo de Endovellico. Tú eres su único sucesor y mereces ser nuestro jefe. Su valor y su prudencia residen en tí.

Los demás guerreros apoyaban con miradas de grave aprobación las palabras del anciano.

—¿Dónde está el cadáver de mi padre? —preguntó Alorco, conmovido por la sencilla ceremonia.

—Desde que descendió el sol está en la pradera donde aprendiste tú á domar los caballos y manejar las armas. Los jóvenes de la tribu le guardan. Mañana cuando salga el sol serán sus exequias, dignas de tan gran jefe. Después tú, como nuevo rey, nos darás consejos sobre los asuntos de la tribu.

Alorco hizo sentar cerca de él al griego. Las mujeres entraron antorchas, pues por los estrechos tragaluces apenas si el crepúsculo lograba filtrar una claridad pálida y difusa. Las hermanas de Alorco, con la vista baja y ondeando las túnicas floreadas en torno de sus cuerpos de vírgenes fuertes, iban por delante de los guerreros ofreciendo en vasos de cuerno hidromiel y cerveza. Aquellos hombres bebían enormemente, sin perder su gravedad. Hablaban de las hazañas de Endovellico como si éste hubiese muerto muchos años antes y de las grandes empresas á que seguramente les guiaría su sucesor, aludiendo varias veces con palabras misteriosas á un asunto que había de tratarse al día siguiente en el consejo.

Entraron la cena. Los celtíberos no acostumbraban á comer en mesa como las gentes de la costa. Seguían sentados en el banco de piedra. Las mujeres les colocaban al lado un pan de trigo por ser extraordinario el banquete, sustituyendo éste al de harina de bellotas que era de uso habitual. Otras mujeres hacían circular una gran vasija llena de pedazos de carne asada que aún chorreaba sangre, y cada guerrero cogía un trozo con la punta de su cuchillo. Los cuernos llenos de bebida circulaban de mano en mano, y el griego Acteón aceptaba con gracioso ademán cuanto le ofrecían sus vecinos con palabras hospitalarias que no podía comprender.