El joven celtíbero continuaba el relato de las costumbres. Algunas mujeres de las que con tanto vigor trabajaban en los campos tal vez habían parido el día anterior. Apenas salida á luz la criatura, la sumergían en el río más cercano, para que con esta prueba, que causaba á muchas la muerte, creciese vigorosa é insensible al frío; y mientras la madre saltaba de la cama y continuaba sus trabajos, el esposo ocupaba su sitio en el lecho, acostándose con el recién nacido. La mujer, todavía convaleciente, cuidaba á los dos, rodeando de atenciones al fuerte marido, como para agradecerle el fruto que la había dado.

Varias veces encontró la caravana en su marcha al borde de las veredas, lechos de hierbas sobre los cuales mostrábanse algunos hombres rígidos y quejumbrosos. Las moscas zumbaban en torno de sus cabezas como una nube; una ánfora de agua estaba al alcance de su mano. Algún niño en cuclillas junto al lecho espantaba los insectos con una rama. Eran enfermos que los parientes exponían, según antigua costumbre, al borde de los caminos, para implorar la clemencia de las divinidades exhibiendo su miseria, y para que los viandantes al pasar aconsejaran un remedio, transmitiéndose así las recetas de lejanos países.

Los hombres fuertes bañábanse en orines de caballo para endurecer los músculos. Su único lujo eran las armas, y admiraban como joyas inestimables las espadas de bronce traídas del Norte de la península y las de acero fabricadas por los de Bílbilis y templadas en las arenas de su famoso río. Las corazas flexibles, formadas por varias telas de lino superpuestas, ó las de cuero, adornadas con clavos, eran armas defensivas de las que no se despojaba el celtíbero ni aun en el lecho. Dormían con el sagum puesto, las grebas de metal en las piernas y las armas al alcance de la mano, prontos á pelear así que la más leve alarma turbaba su sueño.

Á los tres días de marcha la caravana entró en el territorio de la tribu de Alorco. Separábanse las montañas á ambos lados del Jalón, formando risueños valles cubiertos de altos pastos, por los cuales corrían los rebaños de caballos sin domar, con la melena encrespada y la cola ondeante. Las mujeres salían fuera de sus aldeas á saludar á Alorco, y los hombres, empuñando la lanza, montaban á caballo para unirse á la caravana. En la primera aldea donde se detuvieron, un anciano dijo á Alorco que su padre, el poderoso Endovellico, estaba agonizante, y en otra que encontraron á las pocas horas, supo que el gran jefe había muerto al amanecer.

Todos los guerreros de la tribu, pastores y agricultores, montaban á caballo para seguirle. Cuando llegaron á la aldea donde residía el reyezuelo la escolta era ya un pequeño ejército.

En la puerta de la casa paterna, construcción baja de piedras rojas y techumbre de troncos, vió Alorco á sus hermanas con trajes de flores y la cabeza en un collar de jaula, de cuyos hierros pendían los velos de luto.

Las hermanas de Alorco, lo mismo que las otras mujeres que las acompañaban, esposas de los primeros guerreros de la tribu, ocultaban su dolor por la muerte del jefe y sonreían como si estuvieran en vísperas de una fiesta. La vejez era una desgracia entre los celtíberos, que despreciaban la vida y peleaban por diversión cuando les faltaba la guerra. Morir en el lecho era casi una deshonra, y lo único que turbaba un tanto la satisfacción de la familia de Endovellico, era que un guerrero tan famoso, terror de las vecinas tribus, hubiese muerto con la cabellera blanca, extinguiéndose su vida como una antorcha que se apaga, después de haber hecho galopar su caballo al través de tantos combates, desplomando su espada como un rayo sobre los enemigos.

El traje y el rostro de Acteón atraían las miradas de toda la tribu. Muchos de los celtíberos no habían visto nunca un griego y contemplaban á éste con ojos hostiles, recordando las astucias y hábiles explotaciones que los comerciantes helénicos hacían sufrir á los de su raza cuando descendían hasta Sagunto para vender la plata de las minas.

Alorco tranquilizó á los suyos.

—Es mi hermano —dijo en la lengua del país—. Juntos hemos vivido en Sagunto. Además, no es de esa ciudad. Es de muy lejos, de un país donde los hombres son casi dioses, y ha venido conmigo para conoceros.