Al saber que iban á partir, estos hijos de las montañas gritaron de entusiasmo. Languidecían de inacción en aquel país rico y feraz, cuyas costumbres detestaban, y á toda prisa realizaron los preparativos para la marcha.
Caía el sol cuando emprendieron el viaje. Alorco y Acteón marchaban al frente con el manto en la cabeza, un peto de lienzo almohadillado para defender el pecho, á usanza celtíbera, y la espada ancha y corta, junto con el escudo de cuero colgando de la cintura. Los cinco servidores y el mensajero cerraban la marcha armados de largas lanzas, custodiando dos mulas que llevaban las ropas de Alorco y los víveres para el viaje.
Aquella tarde aún marcharon por caminos. Estaban en el agro saguntino, y pasaban entre campos cultivados y feraces, hermosas quintas y compactos pueblecillos que se apretaban en torno de la torre que les servía de defensa. Al cerrar la noche acamparon junto á una aldea miserable de las montañas. Allí acababa la dominación de Sagunto: más allá estaban las tribus casi siempre en guerra con la gente de la costa.
Á la mañana siguiente, el griego vió el paisaje totalmente cambiado. Se perdieron á su espalda el mar y el verde llano, y sólo vió montes y más montes, unos cubiertos de grandes pinares, otros rojos, con promontorios de piedra azulada y espesos matorrales que al estremecerse con los pasos de la caravana, vomitaban nubes de pájaros asustados, y liebres que, locas de terror, pasaban por entre los pies de los caballos.
Los caminos no eran obra de los hombres. Marchaban las bestias trabajosamente por el rastro que otros viajeros habían dejado; rodeaban muchas veces las moles de piedra caídas de las cumbres y se hundían otras en riachuelos que les cortaban el paso. Faldeaban las montañas; subían á las cumbres entre los graznidos de las águilas que se espeluznaban de cólera al ver invadida la silenciosa región, en la que muy de tarde en tarde entraban los hombres; descendían á los barrancos, profundas grietas en las que reinaba una penumbra sepulcral y donde aleteaban los cuervos, atraídos por el cadáver de alguna res abandonada.
Veían á lo lejos en un pequeño valle ó al lado de un riachuelo un grupo de cabañas de paredes de barro y techo de bálago agujereado para dar luz á la habitación y salida al humo. Las mujeres, huesosas y cubiertas de pieles, rodeadas de niños desnudos, salían de sus cubiles para ver de lejos la caravana, con huraña expresión de alarma, como si el paso de unos desconocidos sólo pudiera traer desgracias. Otras más jóvenes, con las piernas al descubierto y ceñido el delantal de harapos á los riñones, segaban el mísero trigo, que apenas si se levantaba como una película dorada sobre la tierra blanquecina y pobre. Muchachas fuertes y feas, de miembros varoniles, bajaban de los montes con grandes haces de ramas en las espaldas, mientras los hombres, á la sombra de los nogales y los robles, trenzaban nervios de toro para construir escudos, ó se amaestraban en arrojar dardos y manejar la lanza, cayéndoles sobre los rostros tostados y barbudos la alborotada cabellera.
Jinetes en pequeños caballos de largo y sucio pelo aparecían en los sitios más altos del camino algunos guerreros de equívoco aspecto, mezcla de pastores y bandidos, con armadura de cuero y larga lanza. Examinaban un instante la comitiva, y después de apreciar su fuerza, convencidos de que era difícil atacarla, volvían al paso hacia sus ganados, que pastaban en las profundas quebraduras de los montes cubiertos de matorrales. Los infinitos rebaños de corderos y toros, acostumbrados á la soledad salvaje, huían huraños al escuchar el paso de la caravana. Por entre los romeros y tomillos de las laderas subían como pardas hormigas las bandas de codornices buscando su pasto, y al sonido de los cascos de los caballos volaban, pasando como un silbido sobre las cabezas de los viajeros.
Acteón admiraba las rudas costumbres de aquellas gentes. Las cabañas eran de adobes rojos ó de pedruscos unidos con barro: los techos de ramas; y las mujeres, más feas y animosas que los hombres, realizaban los trabajos fatigosos. Sólo los niños trabajaban, imitando con esto á sus madres. Los adolescentes empuñaban la lanza, y bajo la dirección de los ancianos aprendían á combatir, tan pronto á pie como á caballo; domaban los potros, saltando al suelo y volviendo á montar en mitad de la carrera y se amaestraban en permanecer de rodillas sobre sus lomos, inmóviles y con los brazos libres para esgrimir la espada y el escudo.
En algunas aldeas los recibían con la hospitalidad tradicional y aún extremaban más sus agasajos al reconocer á Alorco, el heredero de Endovellico, temido jefe de las tribus de Baraeco, que apacentaban desde hacía siglos sus rebaños en las riberas del Jalón. Les cedían al llegar la noche sus mejores lechos de correas, cubiertos de mullida hierba seca; atravesaban en el asador un becerro, haciéndolo voltear sobre una enorme hoguera en honor de la caravana, y durante la marcha les detenían las mujeres á la entrada de sus chozas, ofreciéndoles en groseras vasijas de barro la amarga cerveza fabricada en los valles y el pan de harina de bellotas.
Alorco explicaba al ateniense las costumbres de su raza. Cosechaban la bellota, su principal alimento y la exponían al sol hasta que estuviera bien seca: la mondaban, la molían y almacenaban la provisión de harina para seis meses. Este pan, la caza y la leche de sus reses, constituían los principales alimentos. En algunas épocas la peste les había dejado sin rebaños; los campos no daban cosechas, el hambre diezmaba las tribus y los más fuertes habían devorado á los débiles para subsistir. Esto, recordaba Alorco haberlo oído á los ancianos de su tribu, como ocurrido en remotos tiempos, cuando Neton, Autubel, Nabí y otras divinidades del país, irritadas contra su pueblo, habían enviado sobre él tan tremendos castigos.