—Mi padre se muere y me llama.
—¿Y qué piensas hacer?...
—Partir inmediatamente. Los míos reclaman mi presencia.
Emprendieron los dos jinetes el descenso á la ciudad, seguidos por el mensajero celtíbero.
Acteón sentíase atraído por la emoción de su camarada. Al mismo tiempo despertábase en él la curiosidad de viajero, tantas veces excitada por los relatos del celtíbero.
—¿Quieres que te acompañe, Alorco?
El joven agradeció con una mirada la proposición. Después se negó á aceptarla, alegando la prisa que tenía de partir. El griego querría despedirse de Sónnica. Tal vez la causaría un disgusto con la separación, y él deseaba emprender el viaje inmediatamente.
—Suprimamos la despedida —dijo el griego con su alegre ligereza—. Sónnica se resignará cuando la haga saber por un esclavo que me ausento por algunos días. ¿Quieres salir inmediatamente? Sea: partiremos juntos. Te acompaño. Siento curiosidad por ver de cerca ese país con sus costumbres bárbaras y sus habitantes valerosos y duros, de los cuales tantas proezas me han relatado.
Atravesaron la ciudad: las calles estaban desiertas. Toda la población había subido á la Acrópolis. Acteón se detuvo un instante en los almacenes de Sónnica para noticiar el viaje á sus esclavos, y siguió después á su amigo, saliendo ambos de la ciudad.
Alorco estaba alojado en una de las posadas del suburbio, enorme edificio con profundas cuadras y anchos patios, donde sonaban continuamente las diversas lenguas del interior de la península, enronquecidas y encolerizadas por el regateo de mercancías y bestias. Cinco hombres de la tribu acompañaban al joven celtíbero durante su permanencia en Sagunto, cuidando los caballos y sirviéndole como domésticos libres.