Cerrando la procesión, avanzaba el escuadrón sagrado, los ciudadanos más ricos, montando briosos caballos, que con sus movimientos obligaban á la muchedumbre á pegarse á las paredes. Presentaban arrogantes figuras haciendo encabritar sus corceles, sin más guía que el freno, montándolos en pelo, oprimiendo sus hijares con las rodillas. Los jinetes más viejos, cubríanse con grandes sombreros á la moda ateniense: los jóvenes usaban el casco alado de Mercurio ó llevaban la cabeza descubierta, sujetos los cortos rizos con una cinta de color de fuego. Alorco ostentaba su corona de vencedor, y Acteón, que marchaba á su lado en uno de los corceles del celtíbero, sonreía á la muchedumbre, que le contemplaba con cierto respeto, como si fuese el esposo de Sónnica y dispusiera de sus enormes riquezas. Los jinetes miraban con cierto orgullo la espada que, ceñida á sus riñones, golpeaba los flancos del caballo, y abarcaban de una ojeada la alta Acrópolis y la ciudad extendida á sus pies, como expresando la confianza en su fuerza y la tranquilidad en que podía vivir Sagunto, segura de ser guardada.

La muchedumbre, enardecida por el brillante desfile, aclamaba á Sónnica. Ésta, rodeada de esclavas, asomábase á la terraza del gran edificio que poseía en el barrio de los comerciantes para almacenar las mercancías. Ella era la organizadora, la que costeaba el velo á Minerva; la que había trasladado á Sagunto la hermosa fiesta de Atenas. Esparcíase en el ambiente el humo oloroso de los braserillos; caía de las ventanas una lluvia de rosas sobre las doncellas; brillaban las armas, y en los momentos que callaba el gentío, destacábanse á lo lejos los sones de las liras y las flautas, acompañando con suave melodía las voces de los cantores de Homero.

Los rudos celtíberos llegados para presenciar la fiesta, callaban asombrados por el desfile que les deslumbraba con el brillo de las armas y las joyas y la confusión multicolor de los trajes. Los naturales de Sagunto felicitaban á sus conciudadanos los griegos, admirando el esplendor de la fiesta.

Y no terminaba el regocijo con el brillante desfile. Por la tarde sería la diversión del populacho; la fiesta de los pobres. Se realizaría á lo largo de las murallas la carrera del hacha encendida; correrían con la antorcha inflamada en recuerdo de Prometeo, los marineros, los alfareros, los labradores, toda la gente libre y miserable del puerto y el campo. El que consiguiera dar la vuelta á la ciudad con la hacha inflamada, sería el vencedor; los que la dejasen apagar ó caminasen despacio para defender la luz, sufrirían los silbidos y los golpes de la muchedumbre. Hasta los ricos hablaban con entusiasmo de esta fiesta popular, que producía gran regocijo.

Cerca de la Acrópolis, cuando toda la procesión estaba ya dentro de sus murallas, Alorco vió entre el gentío un celtíbero montado en un caballo sudoroso, el cual le hacía señas para que se aproximara.

Alorco, saliendo del escuadrón, trotó hacia él.

—¿Qué quieres? —preguntó en el áspero lenguaje de su país.

—Soy de tu tribu, y tu padre es mi jefe. Acabo de llegar á Sagunto marchando tres días para decirte: —Alorco, tu padre va á morir y te llama. Los ancianos de la tribu me han ordenado que no vuelva sin tí.

Acteón había seguido á su amigo, saliendo de entre los jinetes del escuadrón sagrado, y presenciaba el diálogo sin comprender una palabra, aunque adivinaba algo desagradable en el pálido rostro del celtíbero.

—¿Malas noticias? —preguntó á Alorco.