Los ciudadanos, que no querían esperar bajo los ardores del sol el final de la carrera, seguían la ribera del río hasta llegar á las murallas, á cuya sombra los adolescentes luchaban cuerpo á cuerpo ó se ejercitaban en el pugilato para alcanzar el premio de la destreza. Otros más pacíficos se dirigían al Foro, bajo cuyos pórticos los jóvenes elegantes se disputaban la corona de laurel destinada al más hábil en la música y el canto. Sentados en sillas de marfil y teniendo cerca de ellos á los lindos esclavos que les abanicaban con ramas de mirto, Lacaro y sus amigos tañían la flauta ó pulsaban la lira, cantando versos griegos con entonación dulzona y afeminada. En el público reían algunos, remedando la suavidad de sus voces; pero otros imponían silencio con indignación, dominados por el encanto que ejercía sobre su rudeza el arte, aun con este aderezo femenil.
Á más de media mañana un estrépito de muchedumbre entusiasta llenó como un trueno el ancho espacio del Foro. Era el pueblo que volvía de las carreras y aclamaba al vencedor. El arrogante Alorco, arrancado de los lomos de su corcel, era llevado en hombros por los más entusiastas. La corona de olivo ceñía su cabellera revuelta é impregnada de polvo. Acteón marchaba junto á él, celebrando su triunfo fraternalmente, sin revelar envidia.
Los cantores, arrollados por esta ola de entusiasmo, recogieron sus sillas é instrumentos. La corona de laurel se la ciñó Lacaro en medio de la indiferencia general, sin recibir otros plácemes que los de sus esclavos. Todo el entusiasmo de la ciudad era para el vencedor de las carreras: el pueblo enardecíase admirando la fuerza y la destreza.
Había llegado el momento solemne: la procesión iba á comenzar. En el barrio de los comerciantes, los esclavos tendían de tejado á tejado velos rojos y verdes, que daban sombra á las calles. Las ventanas y terrazas cubríanse con tapices multicolores de complicados dibujos, y las esclavas colocaban en las puertas braserillos para quemar perfumes.
Las griegas ricas, seguidas de sus servidoras, que llevaban sillas de tijera, iban en busca de sitio en las escalinatas de los templos ó en las tiendas del Foro; y la gente agrupábase á lo largo de las casas, esperando impaciente la llegada de la comitiva que se formaba fuera de las murallas. Bandas de niños completamente desnudos corrían por las calles, agitando ramas de mirto y lanzando aclamaciones en honor de la diosa.
De pronto se arremolinó la gente, prorrumpiendo en gritos de entusiasmo. La pompa en honor de Minerva entraba por la puerta del camino de la Sierpe y avanzaba lentamente hacia el Foro, al través del barrio de los comerciantes, que eran los organizadores de la fiesta.
Marchaban al frente ancianos venerables de luenga barba vestidos de blanco, con mantos de amplios pliegues, la nevada cabellera coronada de verde y llevando en las manos ramas de olivo. Después los ciudadanos más arrogantes, armados de lanza y escudo, con la visera del casco griego caída sobre los ojos y mostrando con orgullo la recia musculatura de sus brazos y piernas. Seguían los adolescentes más hermosos de la ciudad, coronados de flores, cantando himnos en loor de la diosa; coros de niños desnudos, danzando con infantil gracia, cogidos de las manos, formando una cadena de complicadas combinaciones. Luego desfilaban las doncellas, las hijas de los ricos, cubiertas solamente con una túnica de purísimo lino, que marcaba sus encantos primaverales. Llevaban en las manos como ofrendas, ligeros canastillos de junco cubiertos por velos que ocultaban los instrumentos para el sacrificio á la diosa, y con ellos las tortas de trigo nuevo que habían de depositarse en su altar y los manojos de rubias espigas. Para que se marcase claramente la dignidad de las ricas vírgenes, marchaban detrás de ellas las esclavas sosteniendo la silla de tijera incrustada de marfil y el quitasol de tela rayada con gruesas borlas multicolores al extremo de las varillas.
Un grupo de esclavas escogidas por su hermosura, al frente de las cuales marchaba Ranto, llevaban sobre sus cabezas grandes ánforas con agua y miel para las libaciones en honor de la diosa. Tras ellas desfilaban todos los músicos y cantores de la ciudad coronados de rosas y con amplias vestiduras blancas. Pulsaban la lira, tañían las flautas, y unos griegos de la alfarería de Sónnica que habían sido rapsodas errantes en su país, cantaban fragmentos de la guerra de Troya ante la muchedumbre bárbara que apenas si les entendía, pero admiraba la cadencia armoniosa de los versos de Homero.
La gente se empujó, avanzando sus cabezas para ver mejor á los salios, los devotos danzarines de Marte que avanzaban desnudos, armados de espada y escudo. Dos esclavos llevaban pendientes de un palo atravesado sobre sus hombros una fila de broqueles de bronce, que otro golpeaba con un mazo, y á sus broncos sones, los salios danzaban fingiendo atacarse, golpeaban con su espada el escudo del contrario, lanzando gritos feroces, y ejecutaban pantomimas para recordar los principales pasajes de la vida de la diosa.
Tras este estrépito que ponía en conmoción las calles, haciendo rugir de entusiasmo al populacho enardecido por los golpes, seguía un grupo de niñas sosteniendo un velo finísimo, en el cual habían bordado las principales griegas de la ciudad el combate de Minerva con los Titanes. Era la ofrenda que había de quedar en el nuevo templo de la diosa como eterno recuerdo de las fiestas.