—Si logro terminar esta estatua, el porvenir es mío, y algún día grabarán mi nombre en el Foro para que lo lean con admiración las gentes de la ciudad. Me libraré para siempre de la alfarería; regalaré mi estatua á Sónnica después de haberla admirado todo Sagunto en las Panatheas, y tu amante, que es tan generosa, me embarcará en uno de sus navíos. Veré Atenas, admiraré lo que tú has visto, y entonces... ¡entonces!... Mira, Acteón, por entre esas hojas. ¿Qué ves sobre la montaña de la Acrópolis? Nada; muros de grandes piedras; columnatas; techumbres de templos, pero ni una sola estatua que pregone de lejos la gloria de la ciudad. Dicen que sobre la Acrópolis de Atenas se alza gigantesca la figura de Palas, toda de bronce y oro, con una lanza que parece arder á la luz del sol, y guía como una llama á los marineros desde muchos estadios, mar adentro. ¿Es eso verdad? Pues yo hace noches y noches que sueño con algo parecido, y veo á Eroción, gran artista, de regreso de Atenas, levantando sobre nuestra Acrópolis una obra colosal. Los toros de Gerión, enormes, gigantescos, con cuernos dorados que brillen como antorchas, y tras ellos, Hércules, cubierto con la piel del león de Nemea, como Therón su sacerdote en las grandes fiestas de Sagunto; y tremolando en lo alto su clava, que servirá de señal á todos los navegantes del golfo Sucronense... ¡Ay! ¡Si yo llegase algún día á realizar esta obra!...
Ranto, cubierta con la túnica, había salido de su escondrijo y se aproximaba temerosa á Acteón, mirándolo con respeto y ruborizándose al mismo tiempo por el recuerdo de su sorprendida desnudez. Eroción, entusiasmado por el relato de sus ilusiones, mostraba en sus ojos el deseo de volver á comenzar. Miraba su obra y parecía desnudar con los ojos á la pastorcilla para repetir en seguida el trabajo.
El ateniense comprendió que su presencia estorbaba á los jóvenes.
—Trabaja, Eroción —dijo—. Sé un gran artista si puedes. Tu modelo lo envidiarían los escultores de Atenas. Ahora que sé que os ocultáis aquí, procuraré no molestaros con mi presencia.
Y así lo hizo. No volvió al bosque de higueras, dejando que los dos adolescentes trabajasen en su misterioso retiro; él, espoleado por la ambición; ella, sumisa por el amor.
Llegó el día de las Panatheas. La fama de la solemnidad se había esparcido hasta más allá de los límites de Sagunto, y se presentaban en caravanas los rudos celtíberos para contemplar las diversiones de los griegos.
Las gentes del agro habían abandonado sus trabajos de recolección, y vestidas con sus ropas mejores, llegaban á la ciudad desde el amanecer, para presenciar la fiesta á la diosa de los campos. Llevaban grandes gavillas de trigo matizadas de flores, para ofrecerlas á la diosa y corderillos de blancas lanas adornados con cintas, para sacrificarlos en su altar.
Cuando salió el sol, la ciudad estaba repleta de una muchedumbre multicolor que se agolpaba en el Foro, ó corría á las márgenes del río para presenciar las carreras de caballos.
Habíase formado un gran estadio junto al Bætis-Perkes, en el cual los principales ciudadanos de Sagunto iban á disputarse el triunfo. Los senadores, en largos bancos custodiados por un grupo de mercenarios, presidían la fiesta. En un extremo de la pista, los hijos de los comerciantes y de los ricos agricultores, toda la juventud saguntina, aguardaba la señal, casi desnuda, apoyada en sus ligeras lanzas y teniendo agarrados de la brida sus caballos en pelo, que se husmeaban y mordían presintiendo el próximo combate.
Dieron la señal de partir, y todos, poniendo su pie izquierdo en el asidero de la lanza, saltaron de golpe sobre sus corceles, saliendo escapados en compacto escuadrón á lo largo de la pista. La inmensa masa popular prorrumpió en aclamaciones ante el bizarro grupo de jinetes, casi tendidos sobre el cuello de sus caballos, como si formasen con estos una sola pieza, moviendo en alto sus lanzas, excitando el galope con alaridos, y envueltos en polvo, al través del cual se veían las estiradas patas de las bestias y sus vientres casi tocando el suelo. La desenfrenada carrera duró mucho tiempo. Iban quedando rezagados los jinetes menos hábiles ó de peor montura: el escuadrón disminuía visiblemente. El último que quedase en la pista habiendo marchado siempre á la cabeza de los demás, conseguiría la corona, y la multitud hacía apuestas por el celtíbero Alorco ó el ateniense Acteón, que figuraban desde el primer instante al frente de los jinetes.