Después añadió con malicia.

—Ranto es tu esclava, ya lo sé. Y también sé que eres el dueño de la alfarería donde trabajo. Has subido mucho desde la mañana en que te encontramos en el camino de la Sierpe. Dispones de Sónnica la rica: el amor la ha hecho tu esclava.

—No soy amo de nadie —dijo el griego con sencillez—. Soy vuestro amigo y recuerdo que el primer pan que comí en la ciudad lo recibí de vuestras manos.

Eroción pareció adquirir confianza con estas palabras.

—¿Qué miras, ateniense? ¿Ese barro? ¡Cómo debes burlarte de mí! Estoy convencido; no sirvo para artista. Hay momentos en que me creo capaz de hacer una obra grande: la concibo, la veo como si la tuviera en pie dentro de mi cabeza; pero cuando pongo las manos en el barro reconozco mi torpeza y siento ganas de llorar. ¡Ah! ¡Si yo hubiese ido á Grecia!

Y decía estas palabras como un lamento, mirando con rabia el montón de barro, en el cual comenzaban á marcarse con cierta rudeza las formas de Ranto.

—¡Si supieras cuánto tuve que hablar para decidirla á que me mostrase la divina desnudez de su cuerpo!... No lo extrañes; es de raza de bárbaros: teme el garrote de su abuelo el pastor, que caería sobre sus carnes si la viese como tú acabas de verla. La hablé de nuestros escultores, ante los cuales se disputan las más hermosas hetarias el honor de desnudarse; y la seguridad de que Sónnica su señora había hecho lo mismo en Atenas, fué lo único que la decidió... ¿Pero cómo copiar su cuerpo divino? ¿Cómo infundir á la tierra amasada la vida que circula bajo su piel?

En su desaliento amenazaba á la figurilla de barro como si quisiera aplastarla con los pies. Después se animó y dijo con resolución:

—Yo soy más fuerte que mi torpeza. Trabajaré años y más años si es preciso, hasta ver reproducido con toda su hermosura el cuerpo divino de mi Ranto. No volveré á la alfarería aunque el viejo arquero me mate á golpes... Había comenzado mi obra queriendo que figurase en la procesión de las Panatheas. Ranto la llevaría sobre su cabeza, y la multitud se aglomeraría para verla. Sólo espero un momento de inspiración, una racha feliz: ¿quién sabe si mañana soplarán las musas sobre mí, y me levantaré con facilidad en las manos para ejecutar lo que sueño?...

Y lanzándose francamente por el despeñadero de la imaginación, el pequeño artista contó al ateniense sus ensueños.