Además, el griego estaba en un período de dulce embriaguez; siempre entre los brazos de Sónnica ó tendido en su regazo en la frescura del peristilo; escuchando las liras de las esclavas y las flautas de las aulétridas y contemplando las danzas de las de Gades, mientras su amante le ceñía de flores la cabeza ó derramaba sobre él costosos perfumes.

Algunas veces, su inquieto espíritu de viajero y hombre de guerra, avezado al movimiento y á la lucha, se rebelaba ante la molicie. Entonces huía á la ciudad. Allí conversaba con Mopso el arquero, y escuchaba á los murmuradores del Foro, que, sin sospechar el paso de Hanníbal por Sagunto, hablaban de la posibilidad de que el caudillo africano intentase algo contra ellos, y se reían de su poder, fiando en la fortaleza de sus muros y más aún en la protección de Roma, que repetiría en las costas de Iberia sus triunfos de Sicilia sobre los cartagineses.

Acteón contrajo gran amistad con Alorco el celtíbero. Le complacía la fiera altivez del bárbaro, su nobleza de sentimientos y el respeto casi religioso que mostraba ante la cultura griega. Su padre, viejo y enfermo, era reyezuelo de unas tribus que en las montañas de la Celtiberia apacentaban grandes rebaños de caballos y toros. Él era su único heredero y había de reinar algún día sobre aquella gente tosca, de costumbres feroces, que en perpetua cuatrería, se hacía la guerra por robarse los caballos, y en los años de hambre bajaba de las montañas para despojar á los labradores de las llanuras. Su padre le había llevado de niño á Sagunto, y tal efecto causaron en él las costumbres de los griegos que, una vez mozo, fué su más vehemente deseo volver á la ciudad de la costa, y en ella vivía con algunos servidores de su tribu y magníficos caballos, haciéndose el sordo á los cariñosos llamamientos del viejo jefe próximo á la muerte, y siendo considerado por los saguntinos casi como un conciudadano.

Su deseo era figurar en las fiestas de las Panatheas; que le admirasen los griegos de la ciudad galopando en las carreras para conquistar la corona de olivo. Se mostraba muy agradecido á Acteón, porque éste, valiéndose de la influencia de Sónnica, había conseguido de los magistrados que el celtíbero figurase entre los jinetes de la gran procesión que subiría á la Acrópolis para llevar las primeras espigas al templo de Minerva.

En los días que el ateniense languidecía entre cánticos y perfumes, abrumado por las caricias de la griega, que parecía arder en el fuego de la última pasión de su vida, saltaba del lecho al amanecer, se echaba el arco á la espalda, y seguido por dos hermosos perros corría el agro de Sagunto, dando caza á los gatos monteses que bajaban de las cercanas montañas.

En una de estas correrías tuvo un encuentro. Era mediodía; caía verticalmente la luz del sol, y los perros, jadeantes, se detuvieron ladrando ante un bosque de higueras seculares, cuyas ramas llegaban al suelo, formando sombríos pabellones de follaje. Acteón, haciendo callar á sus bestias, avanzó cautelosamente con el arco preparado, y al separar la cortina de hojas vió en el centro de una plazoleta formada por los árboles á sus dos amigos Ranto y Eroción.

El muchacho estaba sentado en el suelo ante un montón de arcilla roja que iba modelando con lentitud, frunciendo el entrecejo y silbando penosamente. La pastorcilla, completamente desnuda, con el impudor de una belleza sana é inocente, satisfecha de ser admirada, sonreía á Eroción, coloreándose sus mejillas ligeramente cada vez que el artista levantaba sus ojos de la arcilla para fijarlos en la modelo.

Acteón bebía con la mirada las formas de aquel cuerpo primaveral. Sentía el entusiasmo de los griegos ante la belleza, replegada aún en sí por el ardor de la pubertad. Admiraba sus senos tiernos y pequeños como capullos, surgiendo apenas del cuerpo; las caderas de ligera curva; la línea que caía de la nuca á los pies con suavísimas ondulaciones, que servían para dar más encanto á su pureza; aquella gracia de efebo hermoso y fuerte, unida al encanto del sexo. Su gusto de griego refinado admiraba la frescura de las formas, comparándolas mentalmente con las opulencias soberbias, pero un tanto maduras, de Sónnica.

Ranto, al ver asomar entre las hojas la cabeza del griego, dió un grito penetrante y corrió á ocultarse tras una higuera en busca de sus ropas. Entre el follaje sonaron los esquilones de las cabras, asustadas por el grito de la pastorcilla, y las reses asomaron sus hocicos brillantes, con los ojos húmedos y los retorcidos cuernos.

—¿Eres tú, ateniense? —dijo Eroción levantándose con gesto de malhumor—. Has asustado á Ranto con tu inesperada presencia.