Era ya de día. Por el camino pasaban mujeres con cestos en la cabeza. Dos esclavos llevando en hombros una gran ánfora pendiente de un palo, se detuvieron un momento junto á ellos para descansar. El africano acariciaba el cuello de su caballo, como preparándose á partir.
—Por última vez, griego. ¿Vienes?...
Acteón hizo con su cabeza un movimiento negativo.
—Te conozco demasiado para rogarte que olvides haber visto á Hanníbal. Eres astuto: sabes que cuanto aquí hemos dicho se lo tragó el silencio de los campos y á nadie debe repetirse. Sé feliz con tu nuevo amor y vive en paz, ya que habiendo nacido águila para volar, quieres permanecer en un corral. Si alguna vez eres mi enemigo y me combates, no te crucificaré; no serás mi esclavo. Te quiero, aunque no me sigues; no olvido que tú fuiste el primero que me enseñó á arrojar un dardo. ¡Que Baal te guarde, Acteón! Los míos me esperan en el puerto.
Y con el manto flotante, salió al galope entre una nube de polvo, atropellando á los campesinos y esclavos, que se arremolinaban en los bordes del camino para dejarle paso.
IV
Entre griegos y celtíberos
Á nadie habló Acteón de este encuentro. Es más; á los pocos días, casi lo había olvidado. Veía tranquila la ciudad, ocupada en preparar las grandes fiestas Panatheas, segura con la protección de su aliada Roma, y el recuerdo de la entrevista con el africano, tomaba en su memoria la vaguedad de un ensueño.
Tal vez las palabras de Hanníbal no eran más que arrogancias de la juventud. Odiado por los ricos de su país, y sin más auxilios que los que él mismo pudiera procurarse, no iba á acometer la audaz empresa de atacar á una ciudad aliada de Roma, violando con esto los tratados de Cartago.