—Cayó Hamílcar —dijo con tristeza— cuando veía ya realizados sus ensueños; un gran ejército para entrar de nuevo en lucha con Roma y riquezas propias para sostener la guerra sin necesitar el auxilio de los mercaderes africanos. Hasdrúbal, el hermoso marido de mi hermana, perdió ocho años al sucederle. Era un buen gobernante y un tímido caudillo. Tal vez fué Baal, nuestro dios iracundo, quien guió el brazo de su asesino, para que le sucediera otro capaz de exterminar á la eterna enemiga de Cartago... Ése seré yo: óyelo bien, griego. Tú eres el primero que penetra en mi pensamiento. Ha llegado el instante de reñir la última batalla. Pronto sabrá Roma que existe un Hanníbal que la desafía apoderándose de Sagunto.

—Tienes escaso poder para ello, africano. Sagunto es fuerte, y yo que vengo de Cartago-Nova, sólo he visto allí los elefantes, los restos del ejército que trajo tu padre y la caballería númida que han enviado vuestros amigos de África.

—Olvidas á los iberos y celtíberos, á toda la península que se levantará en masa para venir á la toma de Sagunto. El país es pobre y la ciudad está abarrotada de riquezas. La he visto bien. Hay en ella para pagar un ejército años enteros, y hasta de las costas del Mar Grande vendrán las tribus lusitanas, atraídas por la esperanza del botín y ese odio que los rudos naturales profesan á una ciudad opulenta y civilizada, donde viven sus explotadores. No será para Hanníbal gran empresa apoderarse de una república de agricultores y mercaderes.

—¿Y después que seas dueño?...

El africano no contestó, hundiendo la barba en el pecho con una sonrisa enigmática.

—¿Callas, Hanníbal?... Pues después que seas dueño de Sagunto nada habrás adelantado. Roma reclamará contra tí por violar los tratados, y el Senado cartaginés te maldecirá; pondrá tu cabeza á precio, ordenará á tus soldados que no te obedezcan, y morirás crucificado ó vagarás por el mundo como un esclavo fugitivo.

—No, ¡fuego de Baal! —gritó el caudillo con arrogancia—. Cartago no intentará nada contra mí; aceptará la guerra con Roma aun cuando hoy no la quiera. Tengo allá los innumerables partidarios de los Barcas, el populacho que quiere la guerra, porque proporciona envíos de despojos y repartos; toda la gente de los suburbios, cuyo entusiasmo mantengo enviando cuantas riquezas saco de la península, después de pagar las tropas. Hamílcar y Hasdrúbal hicieron lo mismo. Serían capaces de pasar á cuchillo á los ricos, si intentasen algo contra Hanníbal. No he vuelto á Cartago desde que seguí á mi padre á los nueve años; pero el pueblo adora mi nombre. Los del partido de la paz me seguirán á la guerra, si á la guerra los arrastro.

—¿Y cómo vencerás á Roma?...

—No sé —dijo Hanníbal con su misteriosa sonrisa—. Siento un mundo de pensamientos que provocarían la risa de mis amigos si los relatase... Me veo como un titán escalando montañas inmensas, siguiendo caminos de águila, hundiéndome en la nieve, llegando hasta el cielo para caer con más fuerza sobre mi enemigo... No me preguntes más: nada sé. Mi voluntad dice: «quiero» y esto basta... Llegaré.

Calló Hanníbal frunciendo el entrecejo, como si temiese haber dicho demasiado.